Mi versión de lo nuestro (I)

2013-05-29 17.35.32Tenía que coger ese avión. Llevaba meses preparándome para conocer lo exótico. Luché días y noches para combatir mis dudas, mis miedos y mis manías. Sabía que aterrizar en India podía cambiar mi vida. Igual que aquellos iluminados que regresan a occidente con la cabeza llena de rastas y de repente prueban un par de tallas más para que los pantalones les caigan y arrastrar así el tiro rozando las rodillas, yo me entregaría a cualquier gurú que guiara mi desorden y lo reubicara en una sociedad alejada de lo mundano. Aquella era la única solución a un cuadro de depresión autodiagnosticado y automedicado por mi propia autoridad científica, es decir, ninguna.

Desde que regresé de Londres no había vuelto a hacer el equipaje. Maleta prácticamente vacía. Neceser de medicamentos. Vacunas inyectadas un par de meses atrás. Y documentación en regla. Cámara cargada de baterías y tarjetas dispuestas a llenarse de retratos y paisajes únicos. Lo tenía todo pensado, cerrado y cuadrado. La primera noche de hotel en la capital y una biblia repleta de recomendaciones redactadas por anteriores aventureros. Suficiente.

Cinco de la mañana. Taxi en la puerta y llaves en la mano. Cerré mi casa sin fecha de regreso definida. En la ronda litoral bajé la ventanilla para atrapar el olor a ciudad marina por última vez. Y tomamos la autopista dirección aeropuerto. Pagué la cuenta con unos euros que había reservado para la ocasión. Y crucé la puerta giratoria que me situaba al otro lado. Me dispuse a buscar la taquilla de mi compañía. Tarjeta de embarque en mano, aun me quedaba tiempo para un último café en tierra conocida, ojear las noticias tempranas del periódico y enviar un mensaje a Pablo, de nuevo, el último mensaje a Pablo.

Una maldita vez más debía enfrentarme a la estúpida despedida, con la única salvedad de que, esta vez, no había notado ni una pizca de seguridad que me diera motivos para hacerlo. Pablo había mostrado una cobarde distancia desde hacía unos meses, jamás creyó que mi ansiedad la provocaba la incertidumbre en nuestra relación, que necesitaba un alivio de rutina y que un mensaje a tiempo hubiera rebajado el muro que se construyó entre nosotros. No creí jamás que echara de menos ni siquiera mi sonrisa. La última temporada cargada de reproches constantes, por ambas partes, habría conseguido borrar los bonitos detalles de una pareja que llevaba demasiado tiempo luchando, huérfanos de un objetivo común.

Pensé detenidamente qué le ponía. No quería sonar pesada ni demasiado distante. Luchaba entre algo romántico terminado en puntos suspensivos o algo decidido terminado en un punto sin más. El texto aparecía y desparecía de mi pantalla a una velocidad alarmante, la indecisión hizo que probara con varios borradores y pensara después. Finalmente me decidí por la opción tajante, debía dejar claro que la decisión estaba tomada en plenas facultades mentales. Bajo un firme poder de independencia que mostraría a una mujer auténtica y decidida, escondí las dudas, los suspensivos y las caritas sonrientes y me decanté por la sobriedad en mi mensaje definitivo de despedida.

Encerré el móvil en el bolso, pasé la cremallera del bolsillo interior y abotoné la hebilla exterior para hermetizar la curiosidad y evitar la consulta de una posible respuesta. Quedaban diez minutos para las siete en punto.

Miranda.

Texto de Jimena.

*Fotografía de Roger Olivet

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