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La previsión del tiempo

 3 de febrero. Soleado. Temperatura casi veraniega.

Buenos días Jimena. ¿Como va el curro? ¿Nos vemos para cenar? Me apetece repetir velada, y quiero verte. Bss

Esta noche no puedo, tengo cena con las niñas. ¿El siguiente finde? Bss. También quiero verte.

4 de febrero. Se despierta el día nublado

Ei, tranquila. El siguiente me voy a Madrid por trabajo y  volveré en diez días. Ya nos vemos a la vuelta.

5 de febrero. Nublado. Los próximos días, lluvia.

Ok, tranquilo. Ya lo encontraremos. Que vaya bien el trabajo. 😉

12 de febrero. Empieza a despejar.

¡¡Guapísimo!! ¿Qué tal tu viaje? Que buenos bares hay en Madrid. ¿Fuiste al Sunset? Te veo pronto. Un beso…

14 de febrero. San Valentín. Solo despeja en algunos puntos del país.

Niña, bien, increíble. Una gran reunión. Si todo va bien viajaré a menudo a Madrid. Esta noche he quedado para celebrarlo. Un beso guapa.

24 de marzo. Antes de llover, chispea.

Jimena, ¿como va todo? Siento mi ausencia. El proyecto de Madrid está en el horno. Te veo a la vuelta. No olvido la cena que me debes. ¡Cuídate morena!

26 de marzo. Empieza a caer lluvia en puntos localizados.

Bien, gracias. Ya pensaba que te quedabas en Madrid. Creo que no te debo nada. Bss

26 de marzo. Sigue esa lluvia suave, pero constante.

Oye linda, ¿no te habrás enfadado? Niña, ya sabíamos lo que había. Somos aves libres, y tu eres mariposa, ¿recuerdas? Además, seguro que estás guapísima. Aish, que ganas de tocarte, de olerte y disfrutar de ti otra vez…  No ligues mucho, que nos conocemos. ¡Un besazo preciosa!

27 de marzo. Empieza a despejar en puntos localizados.

Definitivamente te has equivocado. Que ciego has estado todo este tiempo. Cuídate. 

Conversación extraída del móvil de Jimena. (Con su permiso, claro)

Jimena toma de su propia medicina

Curioso. Ver como el tiempo sitúa a cada uno en su lugar. Tomar de mi propia medicina es un reflejo que me devuelve ese espejo en el que tanto confío.

Sentada en la misma mesa. Compartiendo comida, vino, conversación. Una conversación que se ve interrumpida una y otra vez por ese maldito ruidito que le reclama constantemente.

Un aviso tras otro de su teléfono móvil. El grupo de amigos le pregunta donde está, que hace y lo más divertido, con quién. No me preocupa tanto su respuesta como el perder su mirada. Ver como su atención se concentra en un aparato de unos quince centímetros, plano, de diseño, que maneja con tal rapidez y agilidad que me impide descifrar sus respuestas.

Así que yo era así. ¡Qué horror, dios! ¿Y ahora tengo que pedir disculpas por tantas dispersiones? Es obvio que no era mi intención molestar.

Los nervios me han llevado a llevarle dos copas de ventaja. Como siga a este ritmo saldré del restaurante a cuatro patas. Así que tendré que hacer algo antes de perder mi integridad y mi vergüenza.

Se acabó. No comprendo donde están el resto de personas con las que estoy compartiendo mesa, sin haber invitado. A por ello, Jimena.

Me abalancé sobre su teléfono móvil y se lo arrebaté imitando el comportamiento de una voraz ave que desciende en picado a gran velocidad a prender su presa para llenar su estómago. Se acabó. El móvil está en mi lado del terreno de juego. Ahora falta saber que me dice la mirada del adversario, que esta vez si se va a cruzar con la mía. Temo ese momento. Y es aún peor cuando el cruce de miradas va acompañado de una frase sentenciadora.

-No deberías haber hecho eso, afirma contundente.

Cierto, no lo debería haber hecho. Pero os diré algo más. Al menos conseguí que el nivel de su copa de vino descendiera. ¡Empatados!

Jimena