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Y lo dejo pasar…

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Éste no es mi tren. 

Parará en la estación, se esperará para ver si sube alguien más, pero lo dejaré ir. Éste no es para mí. Sé que conduce al mismo destino, pero el trayecto no será casual.

En cuanto asome por la estación, me quedaré a un lado, y observaré atenta el movimiento coreografiado de los actores que participan en este cuadro.

Yo no subo.

El conductor me hará un gesto con su mano.  Adelante Jimena, pasa. Y yo negaré con la cabeza. No es el mío.

Un amable revisor me pedirá el billete, y de nuevo le diré que no es éste mi tren. No hay una butaca para mí.

Correrán a buscarme, sonarán los altavoces de la estación, encenderán las luces para avisarme que está a punto de partir. Y yo no moveré la maleta de mi vera. No daré un paso más. No subo.

Al rato me avisarán con insistencia. El niño me enredará con su mirada, la señora del bastón me pedirá ayuda para subir el escalón, los enamorados me rasgarán el alma con su sentida despedida y tú sacarás tu pañuelo por última vez indicándome que suba, que me guardas un hueco a tu lado.

Y no subo. Ya no. Ese no es mi tren.

Suena el silbato del jefe de estación. Me mira. Se acerca y me investiga con un sutil y descarado movimiento de cabeza. Parece que hasta se enfada al no verme reaccionar. Asiento con la mirada, le doy permiso, puede partir. Yo no subo.

Al fin parpadean las puertas, se acercan escandalosamente la una a la otra y con el mínimo tacto, se cierran para siempre. Ellas no se volverán a abrir para mí.

De nuevo veo esa cabeza inclinada asomarse por la ventana. Su mirada me absorbe. Me da miedo. Pero debo enfrentarme a ella. Se despide de mí. Para siempre. Deja caer el pañuelo. En cuanto se pone en marcha doy un paso al frente. El viento me lo acerca con sigilo. Ese pañuelo fue para mí, una vez fue para mí. Ahora lo recibo distinto. Me arde en la mano. Aun así lo mantengo con el pulso firme. Me sirve para secar la resaca del despido.

 

Un altre per tu…

Jimena. 

Próxima parada: mi pueblo de verano

Tren con destino a Tarragona, próxima parada Castelldefels.

Cojo el asiento de la ventana, el que queda a la derecha del vagón, lo tengo controlado, sé que cuando dejemos la Barcelona industrial de la periferia  empezaré a ver la costa de Sitges y ese es el mejor momento del trayecto.

Me dispongo a prepararme escogiendo buena música y estirando las piernas, pero no, una chica se sienta delante de mí.

 -Perdona, ¿puedo?

Su voz suena débil pero dulce. Es morena, con pequitas en la nariz por los efectos del sol, debe tener unos 17 años, camiseta de tirantes, shorts y victorias sin cordones. Por supuesto, gafas de sol marca Rayban. Constitución atlética, de piel dorada y movimientos suaves. Lleva el pelo largo, despeinado y juega a enrollar un mechón mientras contempla como el paisaje se aleja.

Me viene el recuerdo de días de adolescencia, cogiendo el tren hacia el pueblo de veraneo, se podía incluso fumar y el ronroneo del tren era fuerte pero capaz de hipnotizarme, prefería escucharlo a poner música en el walkman tamaño XL. Soñadora, esta es la palabra. El viaje me transportaba hacia el pueblo pero mi mente se deslizaba a películas de adolescente.

Me imagino que estaría pensando esa chica, sería uno de esos veranos inolvidables, de esos que dejan un recuerdo dulce, color de puesta de sol.

Tren con destino a Tarragona, próxima parada Sitges.

Gente nueva sube al tren. Un chico se sienta a mi lado y ya desde un principio las miradas se cruzan. Ella se sonroja y mira por la ventana sabiendo que el reflejo la volverá a delatar. Él decide sacar un cuaderno y un lápiz y se pone a pintar. Escucho un aleteo familiar.

Yo, espectadora de un nuevo serial, veo como va dibujando un rostro, un perfil, y cada trazo me confirma que sí, que es ella.

Tren con destino a Tarragona, próxima parada Torredembarra.

Es mi parada, quedan 15 minutos, el dibujo ya está acabado, ¿tendrá el coraje de dárselo? ¿Se lo quedará para él? Pienso que no me puedo quedar con este final, que tengo un  papel en este capítulo y decido actuar. Me levanto y ¡zas, el cuaderno cae al suelo!

Contemplo el cliché: ella mira el dibujo, lo mira a él, se sonroja de nuevo y dice: ¿soy yo?

Me bajo del tren y al girarme veo que sí, las mariposas alzan el vuelo.

Astrid