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Jimena toma de su propia medicina

Curioso. Ver como el tiempo sitúa a cada uno en su lugar. Tomar de mi propia medicina es un reflejo que me devuelve ese espejo en el que tanto confío.

Sentada en la misma mesa. Compartiendo comida, vino, conversación. Una conversación que se ve interrumpida una y otra vez por ese maldito ruidito que le reclama constantemente.

Un aviso tras otro de su teléfono móvil. El grupo de amigos le pregunta donde está, que hace y lo más divertido, con quién. No me preocupa tanto su respuesta como el perder su mirada. Ver como su atención se concentra en un aparato de unos quince centímetros, plano, de diseño, que maneja con tal rapidez y agilidad que me impide descifrar sus respuestas.

Así que yo era así. ¡Qué horror, dios! ¿Y ahora tengo que pedir disculpas por tantas dispersiones? Es obvio que no era mi intención molestar.

Los nervios me han llevado a llevarle dos copas de ventaja. Como siga a este ritmo saldré del restaurante a cuatro patas. Así que tendré que hacer algo antes de perder mi integridad y mi vergüenza.

Se acabó. No comprendo donde están el resto de personas con las que estoy compartiendo mesa, sin haber invitado. A por ello, Jimena.

Me abalancé sobre su teléfono móvil y se lo arrebaté imitando el comportamiento de una voraz ave que desciende en picado a gran velocidad a prender su presa para llenar su estómago. Se acabó. El móvil está en mi lado del terreno de juego. Ahora falta saber que me dice la mirada del adversario, que esta vez si se va a cruzar con la mía. Temo ese momento. Y es aún peor cuando el cruce de miradas va acompañado de una frase sentenciadora.

-No deberías haber hecho eso, afirma contundente.

Cierto, no lo debería haber hecho. Pero os diré algo más. Al menos conseguí que el nivel de su copa de vino descendiera. ¡Empatados!

Jimena

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Jimena y la planta

Y yo me pregunto, ¿por qué tengo que asumir la responsabilidad de cuidar una planta si no llego a cuidarme a mi misma?

Que no la quiero, y punto. Tendré que buscarle un lugar para vivir. Un buen rincón claro, no sirve el fondo de un armario. Darle de comer, bueno de beber. Solo agua, obviamente. Nada de alcohol. Alimentar una indefensa florecita que necesita de mí para crecer, para respirar. Demasiado dependiente. Ver como se le caen las hojas, una a una. Que decadente imagen. Irá perdiendo color, brillo, fuerza…

¿Y cuando me haya encariñado con ella? Esperar a que muera definitivamente. A que se le caiga la última extensión de ese cuerpo inválido que necesitó de alguien durante toda su vida. Me resulta demasiado doloroso. Para que finalmente acabe en el cubo de la basura, sin un entierro digno. Dios, me parece patético.

¿De verdad la gente las acoge? ¿No se dan cuenta de la relación de dependencia que se crea entre planta y dueña?

Además, la palabra dueña me crea cierto rechazo, es muy del siglo pasado. ¿Poseer? ¿Responsabilidad? Qué asco de sociedad que se empeña en defender la posesión como única vía para sentirse libre y segura de sí misma. ¿Lo siguiente que será? ¿Un bonsái? ¿Un engendro de arbolito que tenemos en un piso de cuarenta metros porqué no podemos acceder a una casa con jardín?

Todavía recuerdo a una muñeca que no soportó vivir con la pequeña Jimena cuando tan sólo tenía diez años.

Vaya, que gracias por el regalo, mamá. La cuidaré con mucho cariño. Te quiero, hasta mañana.

Jimena