Archivo de la etiqueta: Relatos

Astrid y el Kleenex

Mira las nubes, me dijo mi abuela, hoy va a llover.

Contemplé las nubes. Podría pasarme horas describiendo como eran las putas nubes, pero lo puedo resumir con tres adjetivos: negras, densas y egoístas.
Por no dejar al sol presentarse. Perfectamente me podría haber dicho, mira tu corazón princesa, hoy se te rompe.

Y como no podría ser de otra manera, mi abuela siguió con el refranero de posguerra: no se puede tener el corazón abierto, al final te lo parten.

Y seguidamente, siguió cosiendo el dobladillo de mi falda. No se como puedes llevar esto tan corto, me comentó mientras se recolocaba las gafas de cerca.

Me quedé contemplándola un instante. Es paradójico como la ternura se transforma en lágrimas.

Sentada en su sillón con cuatro cojines de más para poder incorporarse fácilmente, fui definiendo sus formas: sus zapatillas de estar por casa de cuadraditos escoceses ensanchados de tantas bolitas anidadas por el tiempo, sus tobillos hinchados que sólo me contaban el tiempo que llevaban aguantándola, sus rodillas anchas debajo de las medias de color carne, el color de la carne estándar, saltándome el interrogante por el color que realmente tendrían. Su falda plisada ensanchada mil veces por el paso de tantas navidades acompañadas de turrones y polvorones, por su camisa de seda blanca, mil veces planchada con tanto amor que parecía comprada ayer y con el clínex asomándose por la manga, siempre atento a la lágrima que podía asomarse.

Y me sacudió una revelación. Lo vi claro. El clínex no servía para recoger las lágrimas que no aguantaban sus párpados por la vejez, claro que no, el clínex era el testigo. Sí, el testigo de un amor secreto, un amor escondido, un amor eternamente olvidado y eternamente querido, el clínex sabía qué corazón rompió el de mi abuela para que nunca más se abriera.

Dejó de coser, lo cogió aún caliente por el palpitar de su pulso y me lo ofreció. Me sequé la lágrima de la ternura y así, ésta reposó con las suyas, al fin.

Astrid

Anuncios

Jimena toma de su propia medicina

Curioso. Ver como el tiempo sitúa a cada uno en su lugar. Tomar de mi propia medicina es un reflejo que me devuelve ese espejo en el que tanto confío.

Sentada en la misma mesa. Compartiendo comida, vino, conversación. Una conversación que se ve interrumpida una y otra vez por ese maldito ruidito que le reclama constantemente.

Un aviso tras otro de su teléfono móvil. El grupo de amigos le pregunta donde está, que hace y lo más divertido, con quién. No me preocupa tanto su respuesta como el perder su mirada. Ver como su atención se concentra en un aparato de unos quince centímetros, plano, de diseño, que maneja con tal rapidez y agilidad que me impide descifrar sus respuestas.

Así que yo era así. ¡Qué horror, dios! ¿Y ahora tengo que pedir disculpas por tantas dispersiones? Es obvio que no era mi intención molestar.

Los nervios me han llevado a llevarle dos copas de ventaja. Como siga a este ritmo saldré del restaurante a cuatro patas. Así que tendré que hacer algo antes de perder mi integridad y mi vergüenza.

Se acabó. No comprendo donde están el resto de personas con las que estoy compartiendo mesa, sin haber invitado. A por ello, Jimena.

Me abalancé sobre su teléfono móvil y se lo arrebaté imitando el comportamiento de una voraz ave que desciende en picado a gran velocidad a prender su presa para llenar su estómago. Se acabó. El móvil está en mi lado del terreno de juego. Ahora falta saber que me dice la mirada del adversario, que esta vez si se va a cruzar con la mía. Temo ese momento. Y es aún peor cuando el cruce de miradas va acompañado de una frase sentenciadora.

-No deberías haber hecho eso, afirma contundente.

Cierto, no lo debería haber hecho. Pero os diré algo más. Al menos conseguí que el nivel de su copa de vino descendiera. ¡Empatados!

Jimena

Pinpilinpauxa, mariposas en Donostia

Pinpilinpauxa fue elegida en 2010 como la palabra más bonita en euskera por los participantes de un estudio vasco.

Significa mariposa. No se si será la más bonita, pero sin duda, suena genial. Al pronunciarla creo que le damos sentido al batir libre de las alas de este pequeño insecto, protagonista de nuestro blog. Fíjense: pin-pi-lin-pau-xa. Y ahora más rápido: pinpilinpauxa.    Como un juego de niños…

Enlazando con esta noticia, nos complace anunciar la inmediata partida de, parte del equipo del Vals, a tierras vascas. Dos de ellas repiten experiencia que se prevé diferente a las anteriores. La otra pisará por primera vez la tierra montañosa de la que ha leído tantos titulares de periódico.

Amenazan lluvias. Tranquilas, “habemus hunter”.

Nos acompaña un capitán de barco, un amigo de mirada dulce, que amenizará la escapada con su sonrisa y sus chascarrillos.

Nos esperan varias personalidades. Un trío que actúa como referente y apoyo en nuestra nueva hazaña como bloggers. Tres amigos que nos mostrarán las mejores rutas gastronómicas del norte de nuestro país, su día a día. Tres solteros, por decisión seguramente, que usarán sus virtudes como anfitriones para que a las nuevas mariposas no les falte de nada.

Nos acogen en el palacio Condal, del que sabemos más bien poco y que usan como guarida y laboratorio de múltiples e innovadores experimentos.

Conoceremos nuevas mariposas, a una de ellas le debemos un vino que ganó por méritos propios al descubrir el nombre del título de este artículo. Será un verdadero placer, Ane.

Nos rencontraremos con algunos de los supervivientes de la Altafulla Stage, bajo el mismo sol, quizás no tan abrasador, y esta vez en su propio escenario.

No nos olvidamos de una de las nuestras, que esta vez se dirige hacia la capital a disfrutar de un fin de semana “only girls”. Esperamos ansiosas que nos cuentes tus aventuras por los madriles, Astrid.

Partimos hacia Donostia, ¡buen viaje chicas!

El Vals de la mariposa

PD: nos podéis seguir en twitter @valsdemariposa

http://www.diariovasco.com/20101202/mas-actualidad/sociedad/palabra-bonita-euskadi-201012022004.html

Jimena y la planta

Y yo me pregunto, ¿por qué tengo que asumir la responsabilidad de cuidar una planta si no llego a cuidarme a mi misma?

Que no la quiero, y punto. Tendré que buscarle un lugar para vivir. Un buen rincón claro, no sirve el fondo de un armario. Darle de comer, bueno de beber. Solo agua, obviamente. Nada de alcohol. Alimentar una indefensa florecita que necesita de mí para crecer, para respirar. Demasiado dependiente. Ver como se le caen las hojas, una a una. Que decadente imagen. Irá perdiendo color, brillo, fuerza…

¿Y cuando me haya encariñado con ella? Esperar a que muera definitivamente. A que se le caiga la última extensión de ese cuerpo inválido que necesitó de alguien durante toda su vida. Me resulta demasiado doloroso. Para que finalmente acabe en el cubo de la basura, sin un entierro digno. Dios, me parece patético.

¿De verdad la gente las acoge? ¿No se dan cuenta de la relación de dependencia que se crea entre planta y dueña?

Además, la palabra dueña me crea cierto rechazo, es muy del siglo pasado. ¿Poseer? ¿Responsabilidad? Qué asco de sociedad que se empeña en defender la posesión como única vía para sentirse libre y segura de sí misma. ¿Lo siguiente que será? ¿Un bonsái? ¿Un engendro de arbolito que tenemos en un piso de cuarenta metros porqué no podemos acceder a una casa con jardín?

Todavía recuerdo a una muñeca que no soportó vivir con la pequeña Jimena cuando tan sólo tenía diez años.

Vaya, que gracias por el regalo, mamá. La cuidaré con mucho cariño. Te quiero, hasta mañana.

Jimena

Jimena y el sexo

Es un clásico ya. Estoy en la ducha y suena el móvil. Jimena otra vez.

Después de dejar un lago en el suelo del baño alcanzo a coger el teléfono. Jimena, ¿qué quieres? Estaba en la ducha. Tras varios intentos fallidos de conseguir que Jimena llame más tarde, me siento en el borde de la bañera, ahora ya con mi albornoz blanco, toalla en el pelo y decido rendirme a las insistencias de mi amiga.

Jimena has pasado una noche increíble, la sorpresa, la cena, las velitas, el vino. Me resulta impresionante lo que me cuentas. Cierto que lo de los Gins fue un detallazo, con granos de pimienta rosa y un toque de anís. Increíble. Estás segura que no lo soñaste, que te conozco…

Oye, ¿y de lo demás qué? Un viajazo, como siempre  ¿no? Como siempre. Te encanta lo del sofá, que te desnude, que recorra tu cuerpo  con los hielos de la copa… Y que te mire a los ojos pidiéndote que sigas, observando atentamente todos los movimientos de tu boca… Dios mío, Jimena. No me cuentes más. Que me va a dar algo aquí mismo. Hay pocas ocasiones en las que estén dedicados a tu propio placer y solo a verte disfrutar con el sexo. Es impresionante, Jimena. Lo se… Y te encanta, ¡qué petarda!

¿Y le contaste lo de tu sueño? ¡No te creo! Que bailaste para él, ¿en pelotas? Ji eres la bomba. Es que te ponen veneno en la copa y Jimena pierde los papeles. Me encantas niña. Eres genial. Disfruta de cada momento como ese. Pero disfrútalos, y no te pierdas en él. Quédate con el sexo, con ese viaje al más allá, con la sensación de que podría ser el último.

Oye, ¿y después qué? Recuerdo que la vez anterior fue raro dormir con él. Así que ahora fuiste tú la que se dio la vuelta y no le dijo ni buenas noches. ¿Y que hay de la Jimena que se abraza y no se quiere ir por la mañana? Ah, ya no. ¿Ya no o fue el viernes que simplemente no? Ya decía yo. Pero me gusta la idea. Te lo dijo por la mañana, ¿no? Y no se podía dormir, pobre. Ya, está claro que tú pasaste por lo mismo el otro día. ¿Y que te pasó esta vez? ¿Qué ha cambiado? Deja de fumar por las noches, Ji. Te sienta fatal…

Yo también te quiero. Te veo luego. Y si después de estar siete días sin noticias de dios de repente se ilumina tu móvil y te quieres tomar una birra con él y darme plantón, lo entenderé.

Astrid