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El espejo de mis ojos

No podía dormir, las sábanas se me pegaban al cuerpo y sin que pasara ni una mínima brisa las cortinas parecían de mármol, su ondulación estaba tallada a la perfección. Se respiraba un aire oxidado, espeso y viciado y lo único que tenía claro después de dar mil vueltas sobre mi misma era que necesitaba escapar.

Me levanté de golpe, y sin pensarlo dos veces me puse un chándal y unas bambas, decidida a correr sin rumbo por las calles de la ciudad condal. Era la noche de un martes de verano, pero para mí era la fecha límite respecto a lo que mi conciencia podía aguantar.

Si lo pensaba un segundo sabía que no tenía sentido pero allí me quedé, contemplando mi reflejo al pasar por el espejo del rellano, antes de dejar atrás la puerta y pisar el asfalto que aún olía al  ir y venir de las demás existencias.

Y al mirarme fijamente, observé una chica asustada, a una niña en un cuerpo de mujer que pedía a gritos ser más fuerte, suplicaba valentía y sobretodo reclamaba una mano y no tanto reproche. Sus ojos brillaban de rabia contenida, respiraban la impotencia de su dueña, yo, la reflejada. Y así nos quedamos las dos, reflejo y reflejada en un duelo de miradas y fue entonces cuando esa niña me estremeció porque comprendí que ella era lo más importante, el principio de todo y más y pensé que siempre había sido injusta y cruel con ella.

Me cautivó tanto su ternura que sólo pude pedir disculpas. Y fue entonces cuando una lágrima se asomó, se quedó en el precipicio y finalmente saltó. 

La saboreé para comprender que sí, era mía y por lo tanto, ella era yo. De repente el sabor a sal traspasó mi garganta y la lágrima, convertida en pequeño cristal se instaló en mi estómago para clavarse y así yo comprender cuánto dolor desmerecido había provocado.

Podría decir que fue en ese instante cuando lo comprendí, cuando me volví lágrima y asomada en el precipicio de la indecisión me visitó el valor para saltar.

Astrid

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Los piropos se agradecen

La tradición de los piropos bonitos se está perdiendo. 

A esta conclusión llegué en una de nuestras reuniones mariposiles. Mucho piropo vulgar, algún “guapa” que se escapa de la boca del típico tío con el que te cruzas en un mal día, y más de lo de siempre: cruce de miradas con ese hombre interesante que no se atreve a preguntar. Llamadme clásica, vale, ¿pero a quien le amarga un dulce?

Carla nos cuenta el piropo que la ha dejado sin respiración. Os pongo en situación. Carla, treintañera monísima, siempre estupenda, va camino del curro. De lejos ve un grupo de obreros en la hora del desayuno. Respira hondo y con paso firme decide avanzar y continuar con su camino. De repente se queda helada al oír que el obrero turno (no nos engañemos: el piropo y el obrero van de la mano) se levanta, se distancia de sus compañeros y subiendo el tono de voz, le suelta: “Me iba a poner a desayunar, pero me tengo que levantar para decirte lo bonita que eres. ¡Guapa! Porqué mira que eres guapa”.

Después de regalarle tal lindeza, mi amiga se queda de piedra. Le suben los colores y se da cuenta que le acaban de alegrar la mañana. Hacía tiempo que no escuchaba algo tan original para halagar a una mujer. Claro que sí, señorita. Como decía nuestra amiga gaditana, hay que agradecer. Carla se gira coqueta, y le dedica una de sus mejores sonrisas. Muchas gracias, hombre, le contesta. Que tenga un buen día.

Dejamos atrás el típico “te voy a meter de todo menos miedo”, o el vulgar “tengo los huevos cargaditos de amor” para dar paso a un decidido “Eso es andar y lo demás es pisar el pavimento” o uno que me dejó muerta en medio de la calle que decía algo así como “Para que luego digan que los monumentos no andan”.

¡Olé tú! Obvio que (a algunas) nos gusta que nos digan que somos guapas, que estamos buenas, o que nos pegarían un polvo aquí mismo. Pero siempre con cariño, señores. No jodamos…

Una viejita me contó una vez, que en sus años mozos un guardia civil se arrodilló al verla pasar y le dijo: Espere un momento, señorita. Voy a buscar una alfombra ahora mismo, que un bombón como usted, no debería pisar el suelo.

Por desgracia, tradiciones como esta se están perdiendo. Y no debemos permitirlo. Gruñan cuando oigan “te voy a meter más rabo que cuello tiene un pavo”. Y si pueden hasta se lo devuelven con un “ni de coña te vas a comer tu este cuerpo, capullo”. Pero ante todo agradezcan los piropos que les hayan sacado una sonrisa. Que se enteren por nosotras de lo que nos gusta. En momentos de crisis, al menos, podremos decir, que nosotras ya se lo avisamos.

Jimena 

Queremos agradecer al compañero de Astrid. Sin su información de primera mano hubiera sido realmente difícil recopilar tanto piropo. ¡Un saludo y mil gracias!

Fotografía de Charles Ebbets

Jimena y su muñeca

Lo mejor de tener una Barbie era poder cortarle el pelo y ver como parte de su belleza se desvanecía al instante. Pasé tardes eternas viendo como la rubia de pechos exuberantes esperaba que la sacara de su caja y le diera alguna tarea. Salir de compras, cambiarle el vestuario, o ligar con el “cachas” de su novio. Así se desesperaba. Acumulaba polvo hasta que me decidía a probarle mi última adquisición, un vestido tejido con restos de trapos viejos, amarilleados por el paso del tiempo. Así ya no estaba tan guapa…

Disfrutaba sabiendo que esa muñeca inerte necesitaba de la intención de una niña de diez años para poder cobrar vida. Me miraba a través de sus ojos perfectamente sombreados en azul, pidiéndome que jugara con ella. Podría haber aterrizado en la habitación de una niña dulce y soñadora. Pero la suerte no la acompañó.

Decidí que mi muñeca sería un ser dependiente, inválido y triste. Sentía cierto placer cuando por algún fatídico accidente su pierna abandonaba su cuerpo y luego difícilmente volvía a encajar. – Ahora sí me necesitas, querida estrella rubia, pensaba.

Mi madre insistía en que esos vestidos no tapaban suficiente, y que tener una muñeca sin pierna, en la estantería de la habitación era una verdadera lástima, e incluso creía que tenía un punto de crueldad por mi parte. Y de repente llegaba Ken, el “cachas”. Y rescataba a la pobre lisiada. Hasta que descubría su secreto debajo del vestido. Entonces la dejaba de nuevo en casa. Y mi querida muñeca pasaba las horas encerrada, llorando en su caja de cartón. Se lamentaba cuando su amado príncipe azul la rechazaba porqué su pelo no volvía a crecer en primavera, su única pierna le impedía andar con equilibrio. De repente, un 6 de enero, apareció otra rubia más alta, con dos piernas y con una melena que le volvía realmente loco. La llamaba Nancy…

Así que mi consumida muñeca no superó ese ataque de cuernos y decidió no salir jamás del frío cartón en el que vivía. Empezó a beber, adelgazó en exceso y finalmente acabó muriendo.

Años más tarde la encontré en una playa de Almería, lejos de la sociedad consumista, y supe que era ella porqué no tenía cabeza. La llamé Naturaleza Muerta.

Jimena

Inspirado en el texto de la obra de teatro No vaig demanar nèixer de Carles Vidal, interpretado por la compañía Impacta Teatre

Fotografía cedida por Javier García Escobar.  http://javierescobar.carbonmade.com/

Astrid y la medalla

¿Por qué nos aferramos a un objeto? No deja de ser algo sin vida, sin alma. Pero, hay algo que hace que no lo tiremos, al menos, a mi me pasa. 

No me refiero a llegar a un extremo síndrome de Diógenes, pero, sin ir mas lejos, mi corazón acaba de dar un vuelco al creer que mi medalla de la suerte se había perdido.

¿Y qué sentido tiene esa medalla que no es ni de plata? Pues en su momento no me desprendí de ella porque fue un pequeño detalle de una ancianita, me la regaló cuando la ayudé con las bolsas de la compra. Cuando me la ofreció la acepté por educación pero al llegar a casa no tuve valor para deshacerme de ella, y de esta forma se convirtió en mi amuleto.

Siempre la llevo en el monedero, entre monedas, para que no esté sola, siempre acompañada, aunque no sean de su misma especie.

Pues cuando la quiosquera me ha pedido si lo tenía justo he empezado a escarbar entre el cementerio de céntimos de mi monedero y no me he encontrado con su tacto. Sin pasar un solo segundo mi corazón ha cambiado el ritmo para instalarse en mi sien, y he tirado todas las monedas sobre una de mis manos intentando que en esa cascada de bronce luciera la ansiada pseudo-plata.

Han sido exactamente unos tres segundos pero, por mi mente, han pasado las más descabelladas imágenes, incluso he llegado a pensar que estaría condenada, que una ola de mala suerte se apoderaría de mi existencia y no me desprendería de ella hasta que me fuera a la pitonisa Lola. Ya me estaba imaginando con clapas de pelo y verrugas en los sobacos llegando a la oscura casa de la Lola para que, con medio ojo de rata y cuatro pelos de rana, acabase con la maldición.

Falsa alarma, allí estaba, y con ternura la he mirado y mi corazón, aliviado al fin, la ha saludado.

Sigo preguntándome qué sentido tiene. No deja de ser un objeto… o no.

Astrid

Jimena y las relaciones abiertas

Leo el artículo de Venus O’Hara sobre relaciones abiertas, publicado en el país hace unos cuantos días. Plantea si es posible llevar una relación abierta.

Me surge de nuevo un debate personal sobre las relaciones abiertas. Sobre el número tres.

De entrada deberíamos definir relación abierta. ¿Consiste en tener pareja y conservar el derecho a tirarte a cualquiera que te apetezca, fingiendo que tu relación está basada en la confianza y en la honestidad? ¿Consiste en hacer participar a una tercera persona para disfrutar del morbo añadido? ¿O es simplemente que no somos monógamos?

Una vez tuve una relación abierta. Bueno, una vez tuve una relación. Y además era abierta. Ya que tengo una relación que al menos sea original. Pero solo era abierta por mi parte. Él lo sabía, claro. Sino hubiera sido, lo que comúnmente se llaman “cuernos”.

El caso es que yo lo amaba, estaba plenamente enamorada de él. En fin, quizás exagero, pero la verdad que el tipo me encantaba. Paseábamos por las callejuelas de la ciudad agarrados de la mano, salíamos a cenar y al cine, los domingos por la tarde nos tumbábamos en el sofá con la manta y un cartón lleno de palomitas… En definitiva, un poco lo típico, una pareja.  Durante varios meses creí que no necesitaba a nadie más, que mi vida con mi chico era plena, y porqué no, quizás hasta teníamos futuro.

Hasta que un día… Bueno, eso no fue de un día. La verdad que con Miguel cualquier detalle era tan intenso… Miguel, el chico del Pastor Alemán. Era una mezcla, entre pastor alemán y belga. Miguel también era mezcla, entre canalla y morenazo de ojos verdes. Un bombón, la verdad.

En un ataque de sinceridad, le conté a mi chico la atracción que sentía por Miguel. No esperaba que me diera un golpecito en la espalda, tan solo que valorara mi sinceridad. Pero me encontré con algo realmente inusual. Entendió lo que pasaba. Me pidió que no le contara este tipo de sensaciones, y que con tal de no perderme, era capaz de permitir que estuviera con “el tipo ese del perrito”.

La verdad que al principio pensé que me tomaba el pelo. ¡Cualquiera desearía una pareja así, dios mío!  Bueno, cualquiera quizás no. Mis amigas no se lo plantean ni de broma. Pero yo sí. Tenía absoluta libertad de acción. Y decidí llevar a cabo mi plan de conquistar al morenazo del perro. Los detalles de esa noche los reservo para otra ocasión, que ya me vais conociendo… Pero realmente, fue una noche increíble. Estuve viendo a Miguel durante 4 meses.

¿Con mi chico? Un desastre. La sensación de libertad era fingida. Me cansé de tener un novio que permitiera que le engañara. Prefería no preguntar, cada vez se consumía más pensando en sí estaría con Miguel mientras no le respondía un mensaje. No soportaba mis silencios y yo no era capaz de contarle si él no preguntaba. No soportó mis mentiras, mis ausencias, los tiempos de espera fueron un infierno para él. Llegó a obsesionarse con los olores, las sábanas e inspeccionaba cada rincón de mi cuerpo cuando hacíamos el amor. Creo que no hay día que no se haya arrepentido de darme carta blanca con Miguel.

¿Por qué seguía con él? No se, también podía haber dejado a Miguel, pero ser tres me daba el equilibrio que necesitaba para tener pareja. Además, lo quería. A Miguel no, a mi chico. Y él a mí.

Finalmente se cansó de mí. Los celos le superaron y me dijo que la relación abierta me la metiera por…

¿Miguel? Se acabó, siendo dos ya no tenía ninguna emoción.

Jimena

Artículo inspirado en http://blogs.elpais.com/eros/2012/03/es-posible-llevar-una-relaci%C3%B3n-abierta.html