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Oda a los besos inocentes

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Sólo besos y a dormir, me dijo. Y yo le dije: ¿estás seguro? Tú mismo. Y con esa condición nos fuimos a la cama, sabiendo que con esa sencilla intención ya me notaba húmeda tan sólo al pensar que me quedaría con el caramelo en la boca, jadeante y sudada de puro placer.

Nos desnudamos al completo. Dos cuerpos lisos, sin nada más que nuestras miradas lascivas y nuestras intenciones más perversas.

Me dio el primer beso en la mejilla, lento, intenso, suave y largo, muy largo. Notaba el olor de su aliento y me ponía, obvio que me ponía. El segundo fue en la frente, igual, eterno.

No podíamos utilizar las manos así que decidió atarme al cabezal con mi propio sujetador, estaba vendida, y me gustaba. Mucho.

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Tampoco podíamos utilizar nuestros cuerpos para rozarnos, sólo dulces  e inocentes besos. Ese era el trato.

Y siguió acercándose a la comisura de mi boca, rozó el extremo izquierdo de mis labios y noté su lengua, un breve instante, pero la noté, siguió en el otro lado y otra vez la noté, caliente. Y mi mente iba a mil por hora imaginando como sería sentirla toda en la boca, con fuerza, jadeando a la vez, y esa prohibición hacía que humedeciera aún más mis bragas, porque el pacto eran besos, inocentes besos.

Llegó el turno del cuello y la pesadilla llegó con él. Oí un gemido seco de su garganta y me excité más, sabía que se estaba controlando y eso hacía que yo me resistiera a desprenderme de mis ataduras, pero no podía, mis manos estaban bien atadas y mi impotencia me descontrolaba.

Me lanzaba hacia él y me paraba, me agarraba de la cadera para que dejara de arquearme y yo sólo quería acercar mi sexo contra su piel, pero se apartaba.

Siguió por mi nuca y su aliento refrescaba la saliva que dejaba instalada en mi piel. Volvía a arquearme y volvía a apartarse, sólo notaba aire, y aire es lo único que me faltaba.robert_mapplethorpe_calla_lily_1986

Se deslizó por mis pechos, sin llegar a rozar mis pezones, sólo besos, inocentes besos,  máxima tortura, sin piedad. Besos lentos, pausados, rítmicos hasta la saciedad, y la lentitud me quemaba de nuevo, mi sexo se hinchaba por momentos y como un imán, de nuevo buscaba su piel, su sexo, y se apartaba de nuevo.

Llegó hasta el ombligo, lamía mi vientre y su jadeo enfriaba de nuevo su paso y yo no podía más, necesitaba contacto, presión.

Siguió hacia mi sexo, sabía que llegaría hasta allí y notaría como el placer me regalaba un escalofrío. Pero no fue así, se saltó el peaje para concentrarse en la parte interior de mis muslos. Llegó hasta mi ingle, rozando uno de mis labios y me besó de nuevo, beso inocente, lento, universal y yo sólo notaba como mi sexo ardía y palpitaba de la presión, quería su lengua dentro de mí, quería que me comiera, que me mordiera, incluso hubiera aceptado que me arrancara un pedazo de piel con tal de sentir algo más que su aliento.
Pero todavía no, porque eran besos inocentes, lugar prohibido para este juego masoquista, así que sólo podía aspirar a notar su roce constante y caliente que pasaba de un lado a otro saltándose el puto peaje a mi placer, y así siguió. Sólo mi imaginación traicionera me llevaba a la oscuridad de mi sexo porque no podía hacer nada, estaba vendida.

Al fin se despistó, se traicionó y rozó sus labios, un simple roce y entonces fue cuando estallé, saqué las fuerzas contenidas durante mi  captura infructuosa hasta al momento, y, pensando en que el puto juego ya había llegado a su fin, forcé con él hasta sentarme encima suyo y susurrarle levemente al oído: ahora llega mi turno…

Con todos ustedes,

Mía.

Fotografía de Robert Mapplethorpe

El sexo de las mariposas

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El otro día un loco bajito me preguntó: ¿Las mariposas tienen sexo? Las que tienen suerte, pensé yo.

Sí, claro. Las hay hembras y machos, como la mayoría de especies, reconocí en voz alta. No se quedó demasiado satisfecho con mi respuesta. Ni yo con su pregunta. Así que estábamos empatados.

Seguí mi camino y me repetía la pregunta un tanto insistente y resonante. ¿Las mariposas tienen sexo?

Yo sí, acerté a responderme en algún momento. Pero, ¿y el resto? Seguí mi camino. Y la pregunta se amplió para abarcar algo más. ¿Y tienen el sexo que quieren? Yo sí, afirmé una vez más. Pero ¿y el resto? Y seguí mi camino.

Como no puedo responder por el resto empecé a divagar sobre las mariposas más cercanas. ¿Tienen sexo? ¿Tienen el sexo que quieren? ¿Saben que sexo quieren tener? Les intenté poner nombre ¿Con quien tienen sexo? ¿Sienten placer? Les puse cara ¿Se dan placer a sí mismas? ¿Lo reconocerían? ¿Piden que les hagan lo que les gusta? ¿Hacen sólo por complacer? ¿Mantienen una relación solo por el sexo? ¿Son adictas? ¿Seguro? Antes de seguir mi camino, sonreí. Y seguí mi camino.

Me gusta creer que las mariposas de mi entorno tienen el sexo que quieren. El sexo que quieren. Y yo el sexo que quiero. El sexo que me hace sentir placer más allá de lo físico. Más allá de los cuerpos. Sexo por sexo. Placer por placer. Cuerpo, olor, caricia, pasión, diálogo de gestos que juegan a quererse. Cosquillas sutiles que aumentan su intensidad segundo a segundo y que hacen explotar cientos, miles de destellos de placer para dejar el cuerpo en la más absoluta inactividad. Y ahí se queda, inerte, como consecuencia de haberse combinado con otro cuerpo en el que encajó con precisión, unos minutos antes.

Y sigo mi camino.

Pienso en mi cuerpo paralizado, yacente, inmóvil.

En la sensación que me deja esa explosión provocada, a menudo descontrolada.

En la entrega total al placer. En los gestos. En las manos que leen la piel del otro buscando los detalles en cada huella.

En la luz intuitiva.

En la boca que pide solo al respirar. En la mirada que se pierde ante la mirada del otro.

En el momento de recogida, cuando mis piernas se cruzan intensamente y mi cuerpo se encoje como un ovillo para vivir los últimos destellos en soledad.

En esa primera caricia que avisa del despertar. En como se cruzan nuestras sonrisas satisfechas y cómplices.

En la próxima vez.

Y sigo mi camino.

 

Jimena.

 

PD: Pueden volver a leerlo. Esta vez, con los ojos cerrados. 

50 sombras de Grey

El libro del que habla todo el mundo. Pues ahora voy a hablar yo, que hace tiempo que no digo nada.

Primero de todo, transcribo algunas frases sacadas del libro para tener algún tipo de antecedente para quien, gracias a dios, no se haya leído el libro “Cincuenta sombras de Grey” de E.L. James.

–   Página 136: Eres mía y solo mía, no lo olvides.

–   Pág. 345: Chupa, chupa fuerte nena.

–   Pág. 137: Chúpame nena.

–   Pág. 350: Agárrate fuerte, esto va a ser rápido nena.

–   Pág. 375: No tenemos mucho tiempo, esto va a ser rápido, y es para mí, no para tí, ¿entendido? Como te corras te voy a dar unos azotes.

–   Pág. 373: No te masturbes, quiero que te sientas frustrada. Así es como me siento yo cuando no me cuentas las cosas, cuando me niegas lo mío.

Supongo que es suficiente.

Por un lado tenemos a un hombre rico y atractivo con las grandísimas cualidades de obsesivo, controlador, celoso, humillador y acosador combinado con una dulzura extrema después de hacer de amo. Es decir, simplificando: la definición de maltratador.

Por otro lado tenemos a una chica de 21 años, ingenua, inexperta sexualmente, inocente, tímida, que se enamora por primera vez del tirano y lo único que puede hacer para que haya una mínima reciprocidad es firmar un contrato amo-sumisa.

En ningún caso voy a criticar la narración de la escritora, no es esta mi intención, lo que me indigna  es ver como los comentarios de la contraportada hacen que parezca la novela que ha dejado más mojadas a las señoras en Estados Unidos según el “New York Post”, e incluso, según “divamons.com” leer este libro hace que te sientas sexy otra vez. ¿Otra vez?

Pues doy gracias por no tener la nacionalidad americana porque, no se vosotras, pero el hecho de someterse a un hombre hasta el punto de la sumisión total con la esperanza que, a base de azotes y humillaciones, por no hablar de los celos enfermizos y el acoso constante, algún día se convierta en tu príncipe azul, me parece más una novela de manual del maltrato que una novela romántica con puntos eróticos.

Si queréis leer algo sensual, erótico de verdad y elegante, que no roce la vulgaridad, echad un vistazo al clásico “Las edades de Lulú” de Almudena Grandes o a “Castillos de cartón” de la misma autora. En ambos casos puedes releer las escenas de sexo implícito una y otra vez, retenerlas en la memoria y provocarte placer recordando el trío de sexo pasional, inocente y excesivo (en Castillos de cartón) así como observar a la joven Lulú perderse de niña, ante la perversión del sexo prohibido.

Si yo no digo que sea ilícito mantener prácticas sexuales de cualquier tipo pero lo que me irrita es que las condiciones entre los dos, tres o cuatro participantes no sean recíprocas. Para nada estoy en contra de la práctica sadomasoquista, ni mucho menos,  en lo que quiero insistir es en que el personaje de la chica es inocente, y el contrato dueño-objeto está totalmente viciado, porque la voluntad de la chica no es hacer de sumisa, su real voluntad es convertir al amo en un hombre cariñoso, sensible, que la quiera, aunque tenga que poner el culo en hielo por la cantidad de azotes que ha sufrido. Una vez más se defiende el patrón estereotipado de que la única intención de la mujer es cambiar al otro, confiando que tarde o temprano, él se volverá un ser adorable.

No se si con esta pequeña y acalorada reflexión sólo conseguiré que alguien más compre algún ejemplar de este bodrio, pero al menos yo me he quedado más tranquila al escribirlo.

Que tengan un ardiente y placentero martes,

Astrid.