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Señora Puta. Llámela de usted, gracias.

Hace unos meses conocí a Antonia. Una puta con un par. De lo que sea, pero tenía un par. Fumaba con desdicha, sus nervios la mataban, y prefería que fuera el tabaco quien acabara con ella. Como titular en un obituario quedaría mucho menos trágico. Si es que alguien se fuera a interesar alguna vez por leer su obituario.

Sra.Puta

Vivía sola, en un pequeño piso de la Barceloneta, algo viejo, pero limpio. Siempre decía que aunque fuera antiguo, si se veía limpio, parecía que estaba mejor. Un primer piso sin ascensor y con la ropa tendida hacia la calle. Un clásico de la zona.

Visitaba de vez en cuando el bar de Lola, y desde la barra, en lo alto de un taburete que le dejaba un pie colgando, controlaba la puerta. No se le escapaba nadie. Pero a nadie le dirigía ni una sola palabra. Seca y suya, Antonia era un personaje que formaba parte del decorado de uno de los barrios más transitados de mi ciudad.

Se había enamorado. Su Jose. Nadie lo conocía. Pero ella llevaba una foto del tipo prisionera en su cartera. Escondida en un bolso de fondo infinito, guardaba como tesoro bajo llave, la imagen de un señor que había robado su humilde corazón de prostituta, si es que le podía pertenecer a alguien. Sólo lo veíamos cuando liberaba su monedero para pagar el café.

Tenía años y le pesaban. Había sido puta desde los 22. Ni elección ni ostias. Se hizo puta y nunca me contó porqué. No me interesaba saberlo. Intuía que los motivos no iban a ser vocacionales ni románticos, así que probablemente fuera un punto de partida en su vida del que había tomado distancia. Y por supuesto no iba a ser yo quien removiera sus decisiones del pasado.

Mientras se encendía un cigarro en la puerta, cruzamos algo más que una mirada. Me repasó de arriba abajo, le devolví la intención y reconocí en ella una mujer detrás de unas medias repletas de bolas, una falda relativamente corta y un abrigo de los que marcaron una época. Acabé atrapada en unos ojos negros, rayados y corridos de pintura del día anterior. Sus arrugas marcaban el ritmo del paso del tiempo, pero las lucía como medallas de una vida llena de batallas ganadas.

Lo cierto es que en aquel momento me preguntó el nombre. Jimena, contesté yo. Encantada de conocerla señora… Me respondió con su nombre de pila, pero enseguida me autorizó a llamarla Antonia. No me devolvió el placer por haberme conocido, pero supe enseguida que le había despertado algo, no sabía exactamente qué.

Como son las putas, que no tienen pelos en la lengua. La tía enseguida me soltó que debía enseñar algo más de mi escote, demasiado recatada hija, me soltó sin que le preguntara. ¿Usted cree?, le contesté estirando la camiseta desde el centro en dirección al ombligo. Cogí aire, aquello se hinchó y mis dos intenciones se colocaron en su sitio con naturalidad.

Sonrió. Y sin que me diera tiempo a reaccionar me preguntó si estaba enamorada. A punto estuve de afirmar, pero tampoco me dejó opción. Intuí entonces que no le interesaba mi testimonio lo más mínimo. Así que me asumí mi papel y me encendí un cigarro.

Yo sí, hija. Empezó así su relato. Me contó lo de su Jose. Entendí que era un señor de su misma edad, viudo y solo. Se habían conocido en algún salón de baile. Supuse que era una manera anticuada de reconocer que iba de vez en cuando a mover el culo y a distraerse a alguna discoteca. No lo conoció en el trabajo. Hubiera sido muy de peli, pensé. Y aquello tenía un poco de todo, menos de película.

Habían salido durante unos meses, besos, copas, salidas de domingo y paseos por la playa. Eran como adolescentes, decía. Aunque no llegaron a vivir juntos. Ella insistía en que no lavaba la mierda de nadie. Que ya era mayor para eso. Además, seguía con su trabajo y hubiera sido difícil de compaginar. La cama era para ella y no la compartía con nadie que no le dejara unos billetes a cambio.

Se resistía a contarme la historia entera. Me detallaba su pasado, sus inicios, pero nada sobre dónde estaba él ahora. Nada sobre el porqué de sus palabras contadas en un tiempo verbal acabado. Yo la miraba, la escuchaba y sonreía. Empezaba a tener curiosidad por saber como compaginaba sus noches de clientes y su nueva pareja. Estaba convencida que tenía capacidad para controlar la situación, a medida que la conversación avanzaba me iba haciendo consciente de quien tenía delante de mí.

Parecía que el tipo sabía desde el principio con quien se acostaba su novia y a cambio de qué. La conoció siendo así y lo aceptó de mala gana. No fue plato de buen gusto, asumía resignada Antonia. Pero no fue eso lo que le hizo enfadar. Mi cara de asombro la alertó. Empezaba a ver un final en aquella excéntrica historia.

En uno de sus eternos paseos de domingo por la tarde, alguien la reconoció. Ellos iban agarrados del brazo, a ella le encantaba aparentar ser la señora de. La pareja que se encaminaba hacia ellos dispuestos a cruzarse, también iba agarrada del brazo. A diferencia de Antonia y Jose, la segunda pareja si que eran señores de. Se saludaron sin detener el paso lento que le pautaban sus piernas. Estaban suficiente cerca como para que ambos escucharan la comidilla de la pareja que acaban de despedir con un educado hasta luego. La señora le preguntó a su marido por Antonia, no acababa de situar esa cara que le resultaba familiar. A lo que él le respondió diciendo que era la puta del primero.

En aquel instante, un Jose fuera de sus casillas y terriblemente irritado se giró bruscamente y llamó su atención. Oiga, caballero, le soltó con voz y gesto firmes. A esta señora, la llama de usted. Es la señora Puta del primero, si no le importa. Y se merece un respeto, concluyó mirando fijamente los a los ojos asombrados de su espontáneo interlocutor.

Cuando acabó de contarme aquello, Antonia bajó la mirada. Sostuvo un pañuelo en su mano derecha y se secó una brillante lágrima que le rozaba la mejilla. Lo devolvió a su bolsillo y se aclaró la voz.

Entonces, continuó con un sentido tono de despedida, ahí, en aquella calle dorada por el sol de una tarde de mayo, empezó el final de nuestra bonita historia de amor. Jose me defendió y yo lo amé porqué exigiera ese respeto hacia mí. Pero entendí, y empecé a asumir, con todo el dolor de mi corazón, que no podía tener a un Jose siempre cerca para exigir que la gente de la calle respetara mi trabajo.

A Antonia la vi por última vez el pasado mes de septiembre. Me saludó. Y le di los buenos días.

Pregunté por ella días más tarde en el bar de Lola. Hacía una semana que la habían visto por allí. Llevaba varias bolsas llenas de ropa. Caminaba a paso lento. Paró un taxi y se subió en él. Al cerrar la puerta desapareció para siempre. De su balcón no colgaba ya la ropa tendida.

Aquel día iba sola. Y no iba del brazo de nadie. Ya no era la señora de.

Era la señora Antonia.

Jimena.

Fotografía de María Chamón
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Víctimas de nuestra propia herencia

Resulta evidente que después de la revolución sexual femenina, de la ruptura del amor romántico y del nacimiento de una joven e independiente señorita que se desenvuelve por las calles mostrando una elegante seguridad en sí misma, tenía que llegar la herencia. Una herencia esperada, la consecuencia de tales cambios, que no podría tardar demasiado en dejarse ver.

Víctimas de nuestra herencia II

Pero, ¿qué contiene esa herencia? ¿Quién la lee? Y lo que es más importante ¿quién la recibe? Les aclaro algunas de estas dudas, no se apuren.

Hemos llegado a enamorarnos de ella, una mujer culta, informada, leída y viajada. Plenamente autónoma, independiente y necesitada de amor y espacio a partes iguales. ¿Cómo gestionar eso? Ellas suelen ser las primeras que discuten consigo mismas sobre los límites de la presencia del otro en su día a día, compartir cena y cama es genial. Sin embargo, abrirte una botella de vino, poner los pies encima de la mesa y fumarte un cigarro con tu música de fondo, es uno de los mejores planes en solitario que se han inventado a lo largo de la historia. Para resolverlo se han inventado los días alternos, dónde los planes son conocidos por ambos participantes, y obviamente respetados. En el mejor de los casos, se pueden cruzar cuando el plan de la botella de vino puede ser compartido, y nos damos cuenta que el momento piernas encima de la mesa, gana en calidad al bajar la música y subir el volumen de una buena conversación.

Otro de los puntos de la herencia es el estira y afloja. ¿Hasta dónde estamos dispuestas a aguantar? Está claro, y no necesitamos estudios para corroborarlo, que cada vez aguantamos menos. Yo misma me planteo que, en cuanto aparece la palabra aguantar, la cosa entra en modo peligroso y salta la alarma. No nos gustan las palabras subidas de tono, no nos gusta un reproche, no toleramos un argumento mal construido rebatiendo nuestra afirmación, y no soportamos un mal día. Aunque somos sabias al reconocer, ante quien haga falta, que un mal día lo tiene cualquiera. Y sabias también al asumir que lo que hoy no aguantamos ni por asomo, mañana nos parecerá menos pesado, y con un poco de suerte, en un par de días, hasta le buscamos el chiste.

Pesa la mochila también. No nos olvidemos que tanto cambio de pareja al final lo pagamos, y la huella que se ha creado en nuestro álbum particular, cada vez está más presente. Al dejar una relación nos prometemos, con o sin el testigo de dios, que eso no nos vuelve a pasar. Que lo de tropezar con la misma piedra dos veces, es sólo para ciegos insensatos. Y de alguna manera, vamos creando una lista imaginaria de condiciones que vamos a exigir al siguiente que venga. Siendo el siguiente que venga, una víctima más de nuestra herencia.

Repetir capítulos del pasado no nos apetece y eso está más que condicionado a nuestro día a día, poco podemos decidir. Aparecerán de nuevo problemas de convivencia, discusiones por los cuadros, molestias provocadas por nuestra particular concepción del orden y luchas territoriales por encontrar el descanso. Aparecerán miedos, fantasmas de decisiones que tomamos una vez y no nos gustaría repetir, aunque de sobras sabemos que ahora no nos temblará la mano en algo en lo que no nos tembló anteriormente.

Solución, conclusión o reflexión final en voz alta:

Partamos de cero. Observemos a quien aparezca ante nuestros ojos, valoremos uno a uno, sin olvidar, por supuesto que llevamos una mochila. Eso sí, hagámonos a la idea que el otro también la lleva. El peso de la carga es cosa nuestra.

En cuanto a los límites, creo que es sano dibujarlos en el suelo, imitando las líneas de un campo de fútbol. Apunten un trazo grueso, para que no se borren ni con la más dura tormenta.  De vez en cuando vayan revisándolos, sin perder de vista la mirada en el otro, agárrense a ellos, expongan sin temor cuales son y hasta donde llegan. Muestren al otro su línea de trazo grueso. Que no le coja por sorpresa si, llegado el día que se los salta, usted cierra definitivamente el círculo y el otro queda, por real decreto suyo, fuera de él.

Bienvenidas de nuevo. Siempre vuestra,

Jimena.

Fotografía de María Chamón.

Entre mujeres

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Cada vez que hablo con Carmen por teléfono sube el pan.

Supongo que esas cosas me las cuenta a mí porque sabe que en esta especie de conciencia absurda que tengo cabe cualquier cosa.  Le contó a Pedro lo de la niñita esta tan mona que le pidió una cita, sí, la del cine del domingo. Pues me imagino que es porqué había quedado antes con él, pero lo de la chica ésta le apetecía, por probar…

Por supuesto, a mí me parece perfecto, no tanto que se lo cuente, sino que quede con ella. Oye, cada una a lo suyo, ¿no?

La verdad que estaba nerviosa, era la primera vez y sin experiencia como que la cosa parece un poco fría al principio. Pero pensó que podía ser divertido. Parece que siempre lo ha tenido en mente y se le presentó la oportunidad. Se conocían del parque, de pasear a los perros. Pues se le acercó y le preguntó lo típico, que si la raza por aquí, que qué tipo de pienso come por allá… Y una cosa llevó a la otra, hasta que le propuso la cita. Carmen no, la otra.

Cuando llegó a casa, saliendo del badulaque, se encontró a Pedro en la esquina y se lo soltó, así, en plan emocionada.

¿La respuesta de Pedro? Sorprendentemente típica ¿Puedo ir yo también?  ¿Os aguanto las palomitas…? Carmen se puso a reír y se fue a casa directa a llamarme por teléfono. Estaba como un flan. ¿Y si no hay feeling? Eso le dije yo, pues como con un tío que conoces en la discoteca. Sólo que le faltarán un par de copitas en el cuerpo para desatarse. Al final la cosa es igual, sólo que, del cuerpo que tienes delante, conoces cada rincón de placer. Además si la chica tiene experiencia lo mejor es que se deje llevar, ¿no?

Yo pensé lo mismo, qué típico. Es obvio que sigue existiendo esa fantasía en la mente masculina. ¿Un trío yo? Pero con dos tías, sino nada. Un clásico. Si supieran lo que pensamos…

Pues no se mucho más, supongo que mañana me contará. Si veo que se agobia con el tema quedamos las tres y le cuentas que no hay para tanto. Después de la primera vez siempre repites, ¿verdad? Todavía me acuerdo cuando me contaste lo de Andrea, que graciosa estabas disfrazada de no sé qué, con la camisa de cuadros arremangada.

Venga, hasta mañana niña,

Jimena.

Oda a los besos inocentes

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Sólo besos y a dormir, me dijo. Y yo le dije: ¿estás seguro? Tú mismo. Y con esa condición nos fuimos a la cama, sabiendo que con esa sencilla intención ya me notaba húmeda tan sólo al pensar que me quedaría con el caramelo en la boca, jadeante y sudada de puro placer.

Nos desnudamos al completo. Dos cuerpos lisos, sin nada más que nuestras miradas lascivas y nuestras intenciones más perversas.

Me dio el primer beso en la mejilla, lento, intenso, suave y largo, muy largo. Notaba el olor de su aliento y me ponía, obvio que me ponía. El segundo fue en la frente, igual, eterno.

No podíamos utilizar las manos así que decidió atarme al cabezal con mi propio sujetador, estaba vendida, y me gustaba. Mucho.

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Tampoco podíamos utilizar nuestros cuerpos para rozarnos, sólo dulces  e inocentes besos. Ese era el trato.

Y siguió acercándose a la comisura de mi boca, rozó el extremo izquierdo de mis labios y noté su lengua, un breve instante, pero la noté, siguió en el otro lado y otra vez la noté, caliente. Y mi mente iba a mil por hora imaginando como sería sentirla toda en la boca, con fuerza, jadeando a la vez, y esa prohibición hacía que humedeciera aún más mis bragas, porque el pacto eran besos, inocentes besos.

Llegó el turno del cuello y la pesadilla llegó con él. Oí un gemido seco de su garganta y me excité más, sabía que se estaba controlando y eso hacía que yo me resistiera a desprenderme de mis ataduras, pero no podía, mis manos estaban bien atadas y mi impotencia me descontrolaba.

Me lanzaba hacia él y me paraba, me agarraba de la cadera para que dejara de arquearme y yo sólo quería acercar mi sexo contra su piel, pero se apartaba.

Siguió por mi nuca y su aliento refrescaba la saliva que dejaba instalada en mi piel. Volvía a arquearme y volvía a apartarse, sólo notaba aire, y aire es lo único que me faltaba.robert_mapplethorpe_calla_lily_1986

Se deslizó por mis pechos, sin llegar a rozar mis pezones, sólo besos, inocentes besos,  máxima tortura, sin piedad. Besos lentos, pausados, rítmicos hasta la saciedad, y la lentitud me quemaba de nuevo, mi sexo se hinchaba por momentos y como un imán, de nuevo buscaba su piel, su sexo, y se apartaba de nuevo.

Llegó hasta el ombligo, lamía mi vientre y su jadeo enfriaba de nuevo su paso y yo no podía más, necesitaba contacto, presión.

Siguió hacia mi sexo, sabía que llegaría hasta allí y notaría como el placer me regalaba un escalofrío. Pero no fue así, se saltó el peaje para concentrarse en la parte interior de mis muslos. Llegó hasta mi ingle, rozando uno de mis labios y me besó de nuevo, beso inocente, lento, universal y yo sólo notaba como mi sexo ardía y palpitaba de la presión, quería su lengua dentro de mí, quería que me comiera, que me mordiera, incluso hubiera aceptado que me arrancara un pedazo de piel con tal de sentir algo más que su aliento.
Pero todavía no, porque eran besos inocentes, lugar prohibido para este juego masoquista, así que sólo podía aspirar a notar su roce constante y caliente que pasaba de un lado a otro saltándose el puto peaje a mi placer, y así siguió. Sólo mi imaginación traicionera me llevaba a la oscuridad de mi sexo porque no podía hacer nada, estaba vendida.

Al fin se despistó, se traicionó y rozó sus labios, un simple roce y entonces fue cuando estallé, saqué las fuerzas contenidas durante mi  captura infructuosa hasta al momento, y, pensando en que el puto juego ya había llegado a su fin, forcé con él hasta sentarme encima suyo y susurrarle levemente al oído: ahora llega mi turno…

Con todos ustedes,

Mía.

Fotografía de Robert Mapplethorpe

¿Cómo se llama lo nuestro?

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Pues nada, que me contaba el otro día Carmen lo de su Pedro. Hay que ver que coraje tiene el tío. Va y le dice que no está preparado para ponerle nombre a lo suyo. Pues como se va a llamar, RELACIÓN y punto.

Ella hecha polvo claro, como todas las otras veces. Sí, sí, ya lleva unas cuantas. Yo tampoco lo entiendo, la niña no se entera que el tipo está cargado de ostias.

No sé a qué espera, desde luego. A mí no me lo hace dos veces, menuda soy yo.

Le dijo que después de un año viéndose y durmiendo juntos día sí, día también, no sabe si quiere dar un paso más. “¿A dónde?” -Le dije yo…

Que está agobiado y se siente atado a una sola persona. Pues nada hombre, búscate tres o cuatro más, qué viendo como gestionas una se te va a dar bastante mal mantener otras cuantas.

Por la noche me llamó, me contó que cuando ella pronunció la palabra relación a Pedrito le cambió la cara. Yo no sé qué se pensará ese desalmado, supongo que se dijo: “a mí por relación no me viene nada”. Mira bien, a ver… Por la erre. Sí, de repollo. Que no, que no hubo manera.

Sí, eso también se lo dije. Pero a ver si la pobre no va a poder preguntar. Pues si tiene esa duda que la inquieta… Y luego ¿cómo lo presentas a tus amigas? Hola, este es Pedro, mí, mí… ¿Mí..? Bueno, es Pedro, joder, y ya está.

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Además, conociendo a Carmen, que hoy está aquí y mañana le da un aire y se quiere ir a Alemania que hay trabajo. No he visto una persona más pajarilla que ella, y mira que la quiero, pero es verdad. Acuérdate cuando lo de Birmania: excedencia y a cruzar medio mundo para trabajar en no sé qué proyecto humanitario.

Ya le dije yo, relación no es boda, ni padres, ni compartir piso, ni siquiera llamarse todas las noches, con un mensajito se apaña la pobre Carmen. Pero nada, que no hay manera.

Oye, te dejo que me llama mi madre, que va, ni de coña se lo cuento que luego le entran todos los males y me pregunta a mí por lo mío.

Una vez más, Jimena.

Fotografías de Richard Avedon