Archivo de la etiqueta: Mujeres

Mi versión de lo nuestro (IV). ¿Pablo miente?

_MG_3196Me levantaba por la mañana. Miraba el móvil. Revisaba el mail. Nada. No había noticias de Miranda. En parte me alegraba, claro. Eso significaba que estaba bien, ella a lo suyo…

Por otro lado, he de reconocer que no saber me creaba cierta angustia, imaginaba que esta nueva situación era más fácil para ella que emprendía una aventura y no tenía tiempo de pensar en lo que dejaba atrás, que para mí. Al fin y a al cabo, era yo el que se quedaba aquí, viviendo en un piso que antes era de dos, inmerso en mi rutina de cables, discos, y botones imposibles, en pleno proceso creativo diluido con ausencia y vacío.

Mi día a día se convirtió en un continuo de dudas y celos. Temía que Miranda pudiera conocer a alguien en pleno viaje hacia el misticismo que envuelve un país como la India. Y a la vez me liberaba al pensar que eso resultaría la excusa perfecta para empezar, cada uno de cero, una nueva etapa, sin mierdas del pasado.

Cuando me decidí a enviarle el mensaje, le di ánimos, le deseé suerte y le pedí disculpas por haber sido un auténtico analfabeto emocional. Miranda merecía algo más que no supe darle. Pero a riesgo de sonar distante añadí una promesa a mi breve monólogo: estaba seguro que podría esperar a que regresara. El dolor prematuro provocado por su desapego me conmovió y acerté a dejar una puerta abierta.

¿Si era sincero? Claro, no mentía. Aun así, es verdad que yo era el primero que lo veía complicado. Mi previsión de un futuro próximo pasaba por Miranda, el futuro más lejano era totalmente incierto, pero no se lo dejé intuir. Reconozco que volvía a ser egoísta, pero no estaba preparado para enfrentarme al punto cero.

Releí mi mensaje varios días después, y me recordó a algo muy adolescente, a un amor de verano a los quince, promesas sin base real, movidas por un instante de angustia y soledad mal entendida, palabras guiadas por la inmadurez de no saber enfrentarme al abismo de una ruptura. Suponía que a Miranda le provocaría un hilo de esperanza, estaba convencido que ella esperaba recibir una nota de ese estilo, y aunque no fui del todo honesto, a mi también me ayudaba a salir, cada mañana, de la inmensidad de una cama antes compartida.

Días después de aquello, me llamó Marcos, mi amigo y compañero de fatigas. Le conté por encima como estaba, sin detalles y sin mostrar mi cara más amarga. Marcos me escuchó atento, pero no le dio más importancia. Me comentó que se me quitaría la tontería en cuanto pasara algo de tiempo, unos días conmigo y estarás como nuevo, me dijo. No me convencía demasiado, pero me dejé llevar. De hecho me obligué a salir con él y toda la tropa. No me vendrían mal unas cervecitas con colegas. A nadie le amarga un dulce, y estaba convencido que la espera se me haría eterna si me quedaba encerrado entre las cuatro paredes de mi estudio.

Pablo.

 

Fotografía de María Chamón. 

Anuncios

Mi versión de lo nuestro (II)

_MG_7089
Quedaban diez minutos para las siete en punto. Su avión salía a las siete y pocos minutos del aeropuerto de Barcelona.

Desde que Miranda regresó de Londres nada tenía sentido. Había estado encerrada en un universo minúsculo repleto de muros de hierro que habían hecho complicado el acceso por la puerta principal.

Pasamos algunas temporadas en casa, juntos y bien encajados, y otras en las que no éramos más que dos desconocidos que nada tenían que decirse. Yo evité enfrentarme a sus miedos, a sus dudas y a su autodiagnositacada depresión a la que jamás otorgué credibilidad. Estuve erróneamente convencido durante mucho tiempo que aquel cuadro de ansiedad era la consecuencia de varios años como actriz de teatro.

Cuando decidimos poner, una vez más, distancia en nuestra relación, me sentí aliviado. No sabía capear en una plaza cerrada y llena de polvo acumulado de sus anteriores relaciones. Sin embargo no pasó un solo día que no la echara de menos. Y quizás era cierto que debía haber enviado un mensaje a tiempo, pero quería mantenerme firme en mi decisión. Dar señales de vida hubiera sido volver sobre mis pasos, bajarme los pantalones, y siempre pensé que las mujeres no quieren a un tipo indeciso y de intenciones variables, hubiera pensado que estaba jugando con ella, y en el fondo confié que ella daría de nuevo el paso cuando saliera de su obnubilado estado emocional.

No tenía ni idea de cuando regresaría de ese viaje que tanto ansiaba al centro de lo espiritual, nada menos que hasta India se trasladaba. Había que tener mucho valor para hacer algo así, salir de su círculo de seguridad con una maleta medio vacía y el billete de ida en el bolsillo, me parecía admirable. Siendo sincero debía reconocer que sentía incluso algo de envidia por la decisión que había tomado, entendía que no había vuelta atrás y que aquella vez la distancia sería más cruda que en anteriores ocasiones. Aun así me encantaría acompañarla, empezar de cero y poder disfrutar de su encantadora sonrisa al despertarnos juntos en cualquier hotel del norte de Rajastan, bebiendo té y disfrutando de la salida del sol tras algún lago sagrado rodeado del humo del incienso que desprenden los templos.

Lo único que podía hacer era dejar de luchar contra la necesidad de enviarle un último mensaje y desearle suerte. Tenía que ser escueto, eso sí, no me hubiera gustado provocar en ella la más mínima duda en el momento previo a emprender una aventura de tal magnitud. Hubiera sido egoísta por mi parte.

Pensaba firmar con un punto, nada de interpretaciones abiertas. Miranda sabría que seguiría aquí si en algún momento decidía regresar. Y una vez enviado, apagaría el móvil y me iría hasta la playa, seguro que, desde allí, podría ver las cosas de otro color.

Sin embargo, al recoger el móvil para emitir un rotundo adiós, pude apreciar como la luz de la pantalla se encendía. Era ella. Me había escrito desde la sala de espera del aeropuerto, y me decía que me quería acompañando su expresión de un simple adiós. Nada más.

Pablo.

Texto de Jimena.

Mi versión de lo nuestro (I)

2013-05-29 17.35.32Tenía que coger ese avión. Llevaba meses preparándome para conocer lo exótico. Luché días y noches para combatir mis dudas, mis miedos y mis manías. Sabía que aterrizar en India podía cambiar mi vida. Igual que aquellos iluminados que regresan a occidente con la cabeza llena de rastas y de repente prueban un par de tallas más para que los pantalones les caigan y arrastrar así el tiro rozando las rodillas, yo me entregaría a cualquier gurú que guiara mi desorden y lo reubicara en una sociedad alejada de lo mundano. Aquella era la única solución a un cuadro de depresión autodiagnosticado y automedicado por mi propia autoridad científica, es decir, ninguna.

Desde que regresé de Londres no había vuelto a hacer el equipaje. Maleta prácticamente vacía. Neceser de medicamentos. Vacunas inyectadas un par de meses atrás. Y documentación en regla. Cámara cargada de baterías y tarjetas dispuestas a llenarse de retratos y paisajes únicos. Lo tenía todo pensado, cerrado y cuadrado. La primera noche de hotel en la capital y una biblia repleta de recomendaciones redactadas por anteriores aventureros. Suficiente.

Cinco de la mañana. Taxi en la puerta y llaves en la mano. Cerré mi casa sin fecha de regreso definida. En la ronda litoral bajé la ventanilla para atrapar el olor a ciudad marina por última vez. Y tomamos la autopista dirección aeropuerto. Pagué la cuenta con unos euros que había reservado para la ocasión. Y crucé la puerta giratoria que me situaba al otro lado. Me dispuse a buscar la taquilla de mi compañía. Tarjeta de embarque en mano, aun me quedaba tiempo para un último café en tierra conocida, ojear las noticias tempranas del periódico y enviar un mensaje a Pablo, de nuevo, el último mensaje a Pablo.

Una maldita vez más debía enfrentarme a la estúpida despedida, con la única salvedad de que, esta vez, no había notado ni una pizca de seguridad que me diera motivos para hacerlo. Pablo había mostrado una cobarde distancia desde hacía unos meses, jamás creyó que mi ansiedad la provocaba la incertidumbre en nuestra relación, que necesitaba un alivio de rutina y que un mensaje a tiempo hubiera rebajado el muro que se construyó entre nosotros. No creí jamás que echara de menos ni siquiera mi sonrisa. La última temporada cargada de reproches constantes, por ambas partes, habría conseguido borrar los bonitos detalles de una pareja que llevaba demasiado tiempo luchando, huérfanos de un objetivo común.

Pensé detenidamente qué le ponía. No quería sonar pesada ni demasiado distante. Luchaba entre algo romántico terminado en puntos suspensivos o algo decidido terminado en un punto sin más. El texto aparecía y desparecía de mi pantalla a una velocidad alarmante, la indecisión hizo que probara con varios borradores y pensara después. Finalmente me decidí por la opción tajante, debía dejar claro que la decisión estaba tomada en plenas facultades mentales. Bajo un firme poder de independencia que mostraría a una mujer auténtica y decidida, escondí las dudas, los suspensivos y las caritas sonrientes y me decanté por la sobriedad en mi mensaje definitivo de despedida.

Encerré el móvil en el bolso, pasé la cremallera del bolsillo interior y abotoné la hebilla exterior para hermetizar la curiosidad y evitar la consulta de una posible respuesta. Quedaban diez minutos para las siete en punto.

Miranda.

Texto de Jimena.

*Fotografía de Roger Olivet

¿Y quién es la otra?

Con ella quería hablar. Necesito decirle algo.

Sí, es urgente.

El dolor de ella I

Lo entiendo pero necesito explicarle.

No es lo que ella cree. Nada que ver con lo que oyó.

Ni con lo que leyó.

Por favor, déjeme que le cuente.

No, yo no tengo la culpa pero quizás pueda ayudar a aclarar algunas cosas.

No cenamos juntos desde hace siglos.

Sí, nos vimos hace un par de semanas.

En mi casa.

No, a su casa no subí más que una vez, tenía respeto por los espacios comunes.

Respeto, sí. He dicho respeto.

Yo sabía que ella existía, y habló sobre la relación en algunas ocasiones. Se le veía feliz.

Lo lamento, pero yo estaba antes, ella también sabía de mí.

Y eso debería entenderlo.

Está bien, no puedo exigir nada. Lo entiendo.

Pero permítame insistir, entre ellos había algo más que no funcionaba, y no tenía nada que ver conmigo.

No, no fuimos capaces de cerrar una etapa de más de diez años.

Dígale que ella tiene algo que yo no conseguí.

Convivían juntos, se levantaba con él cada mañana. ¿Sabe lo que eso significa?

La eligió a ella, y quiero que lo oiga de mi propia voz.

Debe convencerla que hable conmigo, por favor.

Sólo quiero que sepa que me duele que haya sufrido.

Entiendo que leer una conversación así no debe ser fácil.

Me hago a la idea.

Sé todo el sufrimiento que le podría haber ahorrado.

Sin embargo, ahora ya sabe lo que tiene.

Él es así, siempre lo ha sido, y no cambiará.

Sí, sí. La dejo en paz. No quiero revolver más porquería.

¿Sabe que me ha dicho?

Está convencido que ella volverá. Aunque no le ha prometido nada, para evitarse la responsabilidad de no cumplirlo.

¿Lo nuestro? Sólo ha tomado una decisión, poner distancia entre nosotros.

No, no es definitivo, sólo hasta que vuelva a pasar. Hasta que nos volvamos a encontrar.

Es un frágil parche para evitar la tentación. No nos vemos, no nos tenemos delante y no nos arriesgamos. Sin embargo, seguimos sintiendo.

Y si ha resistido tantas lluvias, creo que una tormenta más la aguantará sin dificultades.

¿No cree?

Piénselo. Sigue siendo un maldito egoísta.

Pero la quiere.

Quiere estar con ella.

Nosotros vivimos de recuerdos. Su presente está con ella.

Espero que le haga llegar lo que le he contado. En usted confiará.

¿Sí? ¿Está seguro? Gracias. Muchas gracias. Es usted muy amable.

El dolor de ella II

¿Alejandra?

Hola. ¿Cómo estás?

Lo siento.

Jimena.

Fotografía de Alba Ruperez  albaruperez.tumblr.com

Mi príncipe no es azul

Valientes y azules príncipes pasaron por las páginas de los más profundos sueños de aquellas princesas desdichadas. Algunos fueron utilizados como la única llave para acabar con la pesadilla, otros fueron figurantes en batallas, colocados por decisión ajena, en plena lucha contra dragones y ogros. Todos tenían una espada en la mano, una flor en la solapa y gomina en el pelo. Y en ellos nos fijamos hoy.

Mi príncipe no es azul

Otro de los caminos que se han abierto en la línea del trabajo de relaciones abusivas pasa por reconocer que el mito del príncipe azul no solo implica a las princesas, sino que también requiere la actuación de un príncipe. Son ellos los que están socialmente obligados a cumplir patrones de conducta y a estar a la altura de lo que se espera de un hombre. ¿Qué les pasa, a ellos, si no vienen a caballo? ¿Y si no se atreven a matar al ogro porque le tienen miedo? ¿Y si ni siquiera quieren besarnos?

Algunos se niegan y después se rinden. Otros juegan a ser alguien que no son, por temor a no gustarnos lo suficiente. Los hay que incluso se entrenan con amigos de éxito para evitar aflorar quienes son en realidad. Todos ellos movidos por el miedo al rechazo de la princesa.

Hay algo en todo este asunto que no quiero descuidar. La tradicional pedida para salir o para cenar que, en nuestro manual personal, queda como decisión de él. Algunas aún se sorprenden si les cuento que yo llevo la iniciativa, que si me apetece cenar llamo yo, o si lo único que quiero es jugar, yo doy el primer paso. ¡Prefieren esperar! ¿A qué? me pregunto yo. Les saldrán canas si creen que el hombre de su vida está esperando ahí fuera a que un ángel vestido con pañales logre su habitual diana. Qué manera de perder el tiempo.

Ésto, en nuestro lenguaje, se traduce en reacciones identificativas, patrones de masculinidad que pasan por una demostración de la fuerza, la decisión, la productividad, la iniciativa y la seguridad de actuación.

Yo no quiero que sea azul. Ni siquiera deseo un príncipe. La experiencia nos ha demostrado que la naturalidad en los humanos da sus frutos. No queremos que finjan ser alguien, que ganen más que nosotras, ni que su madre hable maravillas del niño de sus ojos. Los hay que no mandan mensajes, que no gastarían un céntimo en rosas que acaban marchitadas colgadas boca abajo para intentar retenerlas en contra de su voluntad. Conozco a uno que sigue con las legañas puestas a media mañana y otros cuantos que no saben apreciar que el color del jersey, que nos hemos puesto hoy, es idéntico al de la florecita que lleva la falda que lo acompaña. Y lo mejor ¿saben que es? Que no pasa absolutamente nada. Parece increible.

Esos son los de verdad, los que tienen sentido común. Los que son honestos de los pies a la cabeza. Los que salen de casa despeinados, los que lloran, los que dicen la verdad aun a riesgo de ofender, los que no han pisado un gimnasio en años y se quejan de la barriga conseguida a pulso, birra tras birra. Los que nos piden silencio porque la subida en bolsa del precio del níquel parece ser cuestión de vida o muerte, hasta los que defienden la utilidad de un coche de más de doce años al que le cuelga algo más que el cinturón y los que así, de buena mañana, un día cualquiera, prefieren leer el periódico deportivo a una conversación sobre el cambio climático.

Desde este espacio, algo inclinado hacia una versión femenina de nosotras mismas, debo alertar a las damas que nos leen: dudas, miedos, lágrimas, rendiciones, desilusión, apatía. Mares que derivan en decisiones desagradables inundan a los hombres. Los hay poetas del amor y los hay analfabetos del diccionario de las emociones. Cada uno pinta con sus colores, usa sus armas. Y créanme cuando les digo que pocos de los que llevan espadas y galones son príncipes de sangre real. Y si no me creen, me parece lícito. Hagan una cosa, pregunten al que tengan más cerca. Padres, hermanos y amantes.

Afirmo convencida que a ellos les pesa, la losa de los cuentos, tanto como a algunas de las nuestras.

A los hombres de mi vida.

Jimena.

Fotografía de María Chamón