Archivo de la etiqueta: mujeres treintañeras

Jimena y las relaciones abiertas

Leo el artículo de Venus O’Hara sobre relaciones abiertas, publicado en el país hace unos cuantos días. Plantea si es posible llevar una relación abierta.

Me surge de nuevo un debate personal sobre las relaciones abiertas. Sobre el número tres.

De entrada deberíamos definir relación abierta. ¿Consiste en tener pareja y conservar el derecho a tirarte a cualquiera que te apetezca, fingiendo que tu relación está basada en la confianza y en la honestidad? ¿Consiste en hacer participar a una tercera persona para disfrutar del morbo añadido? ¿O es simplemente que no somos monógamos?

Una vez tuve una relación abierta. Bueno, una vez tuve una relación. Y además era abierta. Ya que tengo una relación que al menos sea original. Pero solo era abierta por mi parte. Él lo sabía, claro. Sino hubiera sido, lo que comúnmente se llaman “cuernos”.

El caso es que yo lo amaba, estaba plenamente enamorada de él. En fin, quizás exagero, pero la verdad que el tipo me encantaba. Paseábamos por las callejuelas de la ciudad agarrados de la mano, salíamos a cenar y al cine, los domingos por la tarde nos tumbábamos en el sofá con la manta y un cartón lleno de palomitas… En definitiva, un poco lo típico, una pareja.  Durante varios meses creí que no necesitaba a nadie más, que mi vida con mi chico era plena, y porqué no, quizás hasta teníamos futuro.

Hasta que un día… Bueno, eso no fue de un día. La verdad que con Miguel cualquier detalle era tan intenso… Miguel, el chico del Pastor Alemán. Era una mezcla, entre pastor alemán y belga. Miguel también era mezcla, entre canalla y morenazo de ojos verdes. Un bombón, la verdad.

En un ataque de sinceridad, le conté a mi chico la atracción que sentía por Miguel. No esperaba que me diera un golpecito en la espalda, tan solo que valorara mi sinceridad. Pero me encontré con algo realmente inusual. Entendió lo que pasaba. Me pidió que no le contara este tipo de sensaciones, y que con tal de no perderme, era capaz de permitir que estuviera con “el tipo ese del perrito”.

La verdad que al principio pensé que me tomaba el pelo. ¡Cualquiera desearía una pareja así, dios mío!  Bueno, cualquiera quizás no. Mis amigas no se lo plantean ni de broma. Pero yo sí. Tenía absoluta libertad de acción. Y decidí llevar a cabo mi plan de conquistar al morenazo del perro. Los detalles de esa noche los reservo para otra ocasión, que ya me vais conociendo… Pero realmente, fue una noche increíble. Estuve viendo a Miguel durante 4 meses.

¿Con mi chico? Un desastre. La sensación de libertad era fingida. Me cansé de tener un novio que permitiera que le engañara. Prefería no preguntar, cada vez se consumía más pensando en sí estaría con Miguel mientras no le respondía un mensaje. No soportaba mis silencios y yo no era capaz de contarle si él no preguntaba. No soportó mis mentiras, mis ausencias, los tiempos de espera fueron un infierno para él. Llegó a obsesionarse con los olores, las sábanas e inspeccionaba cada rincón de mi cuerpo cuando hacíamos el amor. Creo que no hay día que no se haya arrepentido de darme carta blanca con Miguel.

¿Por qué seguía con él? No se, también podía haber dejado a Miguel, pero ser tres me daba el equilibrio que necesitaba para tener pareja. Además, lo quería. A Miguel no, a mi chico. Y él a mí.

Finalmente se cansó de mí. Los celos le superaron y me dijo que la relación abierta me la metiera por…

¿Miguel? Se acabó, siendo dos ya no tenía ninguna emoción.

Jimena

Artículo inspirado en http://blogs.elpais.com/eros/2012/03/es-posible-llevar-una-relaci%C3%B3n-abierta.html

Anuncios

Astrid y el Kleenex

Mira las nubes, me dijo mi abuela, hoy va a llover.

Contemplé las nubes. Podría pasarme horas describiendo como eran las putas nubes, pero lo puedo resumir con tres adjetivos: negras, densas y egoístas.
Por no dejar al sol presentarse. Perfectamente me podría haber dicho, mira tu corazón princesa, hoy se te rompe.

Y como no podría ser de otra manera, mi abuela siguió con el refranero de posguerra: no se puede tener el corazón abierto, al final te lo parten.

Y seguidamente, siguió cosiendo el dobladillo de mi falda. No se como puedes llevar esto tan corto, me comentó mientras se recolocaba las gafas de cerca.

Me quedé contemplándola un instante. Es paradójico como la ternura se transforma en lágrimas.

Sentada en su sillón con cuatro cojines de más para poder incorporarse fácilmente, fui definiendo sus formas: sus zapatillas de estar por casa de cuadraditos escoceses ensanchados de tantas bolitas anidadas por el tiempo, sus tobillos hinchados que sólo me contaban el tiempo que llevaban aguantándola, sus rodillas anchas debajo de las medias de color carne, el color de la carne estándar, saltándome el interrogante por el color que realmente tendrían. Su falda plisada ensanchada mil veces por el paso de tantas navidades acompañadas de turrones y polvorones, por su camisa de seda blanca, mil veces planchada con tanto amor que parecía comprada ayer y con el clínex asomándose por la manga, siempre atento a la lágrima que podía asomarse.

Y me sacudió una revelación. Lo vi claro. El clínex no servía para recoger las lágrimas que no aguantaban sus párpados por la vejez, claro que no, el clínex era el testigo. Sí, el testigo de un amor secreto, un amor escondido, un amor eternamente olvidado y eternamente querido, el clínex sabía qué corazón rompió el de mi abuela para que nunca más se abriera.

Dejó de coser, lo cogió aún caliente por el palpitar de su pulso y me lo ofreció. Me sequé la lágrima de la ternura y así, ésta reposó con las suyas, al fin.

Astrid

Jimena y el sexo

Es un clásico ya. Estoy en la ducha y suena el móvil. Jimena otra vez.

Después de dejar un lago en el suelo del baño alcanzo a coger el teléfono. Jimena, ¿qué quieres? Estaba en la ducha. Tras varios intentos fallidos de conseguir que Jimena llame más tarde, me siento en el borde de la bañera, ahora ya con mi albornoz blanco, toalla en el pelo y decido rendirme a las insistencias de mi amiga.

Jimena has pasado una noche increíble, la sorpresa, la cena, las velitas, el vino. Me resulta impresionante lo que me cuentas. Cierto que lo de los Gins fue un detallazo, con granos de pimienta rosa y un toque de anís. Increíble. Estás segura que no lo soñaste, que te conozco…

Oye, ¿y de lo demás qué? Un viajazo, como siempre  ¿no? Como siempre. Te encanta lo del sofá, que te desnude, que recorra tu cuerpo  con los hielos de la copa… Y que te mire a los ojos pidiéndote que sigas, observando atentamente todos los movimientos de tu boca… Dios mío, Jimena. No me cuentes más. Que me va a dar algo aquí mismo. Hay pocas ocasiones en las que estén dedicados a tu propio placer y solo a verte disfrutar con el sexo. Es impresionante, Jimena. Lo se… Y te encanta, ¡qué petarda!

¿Y le contaste lo de tu sueño? ¡No te creo! Que bailaste para él, ¿en pelotas? Ji eres la bomba. Es que te ponen veneno en la copa y Jimena pierde los papeles. Me encantas niña. Eres genial. Disfruta de cada momento como ese. Pero disfrútalos, y no te pierdas en él. Quédate con el sexo, con ese viaje al más allá, con la sensación de que podría ser el último.

Oye, ¿y después qué? Recuerdo que la vez anterior fue raro dormir con él. Así que ahora fuiste tú la que se dio la vuelta y no le dijo ni buenas noches. ¿Y que hay de la Jimena que se abraza y no se quiere ir por la mañana? Ah, ya no. ¿Ya no o fue el viernes que simplemente no? Ya decía yo. Pero me gusta la idea. Te lo dijo por la mañana, ¿no? Y no se podía dormir, pobre. Ya, está claro que tú pasaste por lo mismo el otro día. ¿Y que te pasó esta vez? ¿Qué ha cambiado? Deja de fumar por las noches, Ji. Te sienta fatal…

Yo también te quiero. Te veo luego. Y si después de estar siete días sin noticias de dios de repente se ilumina tu móvil y te quieres tomar una birra con él y darme plantón, lo entenderé.

Astrid

¿Qué es el vals de la mariposa?

En femenino y plural se está gestando el vals de la mariposa.

Perfil: mujer de casi 30, de 30 y de más de 30.

En una etapa en la que nos empezamos a sentir cada día más guapas, en la que sabemos que podemos, en la que creemos ser una nueva y pionera generación de treintañeras, “solteronas” por elección o solteras de nacimiento. En la que no tenemos miedo del reloj biológico, o sí, y decidimos mirarlo de frente.

Desde esta ventana queremos mostrar las historias de mujeres cercanas, de tías guerreras que sienten y lloran. Desnudar nuestras dudas, nuestros éxitos, nuestros miedos, nuestros modelos de mujer, incluso desmitificar esas reuniones de mujeres en las que, según cuenta la leyenda, se dedican a poner a los hombres de vuelta y media.

¿Y porqué no?, rescribir la historia de alguna manera dejando  el testimonio de mujeres reales. De esas que cantan delante de un espejo los clásicos de Mecano o Freddy Mercuri, o de las que ensayan con una amiga imitando a las Grecas. De las que se ponen bata para estar en casa y no saldrían nunca sin el Rimmel en las pestañas. O de las que después de una noche fatídica se fustigan escuchando a Damien Rice y preguntándose porque no lo hicieron mejor. De las que corren para sentirse libres, de las que escapan, que no huyen, de sus miedos, siendo conscientes que los tienen. Mujeres de rompe y rasga. Mujeres altas, bajas, con curvas, sin ellas, de tejano y camiseta blanca, de vestido negro como fondo de armario. De esas que se hacen un moño en lo alto para que su larga melena no les estorbe mientras barren su piso de 40 metros cuadrados. De las que duermen con pastillas, de las que fuman tabaco de liar, de las que beben Gin & Tonic en copa balón, vino tinto en copa de cristal y se van de cañas con sus amigas. De las que compran en Zara sus modelitos básicos y jamás comprarían un vestido estampado en H&M por el riesgo a aparecer repetidas en alguna fiesta. De las que se compran una camiseta The Hip Tee por el mensaje que lleva estampado, o de las que se atreven con Heidi Klum haciendo los honores. Modernas que desean que llueva para ponerse esas Hunters que deciden el resto del outfit del día. De las que callejean por Barcelona, Madrid o Sevilla cargadas de bolsas que abultan mucho y se sienten Julia Roberts en Pretty Woman, como si fueran paseando por Rodeo Drive. Mujeres que son dispares, que se sienten únicas, que se saben hábiles, en definitiva… Mujeres que se quieren.

No es nuestra intención crear un manual feminista de lucha radical en contra del sexo masculino. Nada más lejos que eso. La intención es simple. Presentaros a mis colegas, a mis compañeras a este lado de la calle, a las del sexo femenino.

Dicen que poner la palabra sexo en un artículo y colgarlo en internet te asegura una gran audiencia. Hablaremos pues del sexo femenino refiriéndonos a algo más que a la definición que aparece en Wikipedia: “El sexo femenino es un término de biología que denota al sexo que produce óvulo”. Somos mucho más. También producimos placer.

Para poder alimentar este blog os necesitamos. Y estamos encantas de poder decirlo. Escribir sobre nosotras es una reconciliación personal. Queremos crear un puzzle entre todas, en el que cada una aporte su pequeña pieza. La haremos encajar. Y compartiremos algo más que una copa de vino tinto.

Sobre críticas, valoraciones y comentarios cabe decir que siempre que estén bien argumentadas, que ayuden a reconstruir y redefinir constantemente este espacio serán agradecidas y ansiosamente esperadas.

Con todas ustedes…

El vals de la mariposa.

Empieza el vals…

Salimos a cenar. Dos mujeres de alrededor de treinta, que se rencuentran en el barrio donde han convivido durante algo más de un año. Barra, pinchos y un par de cañas. Fútbol de fondo.  Y empezamos conversación, nos hemos de poner al día con varias cositas. ¿Qué sabes de aquel? El otro día me llamó aquel otro… En fin, un poco lo de siempre.

De repente el chico que está a menos de diez centímetros de nosotras aparece en la conversación y nos pregunta: ¿Dónde están los hombres de los que habláis? Sólo son colegas, nadie especial. Comentamos entre sonrisas. ¿A que viene esa pregunta? En ese momento, empezamos a crear un diálogo a tres sobre las relaciones entre hombres y mujeres. Lleno de tópicos que intentamos desmontar, cada uno barriendo hacia su terreno.

Llega un momento que la mujer de treinta busca un padre para sus hijos, dice él. Asombrada, me cruzo de brazos y decido escuchar con atención. Él tipo comenta mi pose, cree que estoy a la defensiva. No, para nada, le digo un tanto nerviosa. Sólo escuchaba, me interesa lo que dices. Carla se esfuerza por contar que las dos tenemos una edad parecida, educadas bajo el mismo techo y con opiniones diferentes respecto a lo que él comenta. Seguimos escuchándonos con atención. Creo que a los tres nos interesa saber más sobre cómo se relacionan las personas a partir de los treinta. ¿De veras crees que somos tan diferentes a la generación de nuestros padres? ¿Cómo lo sabes si tu tenías nueve años?, comenta con cierta curiosidad. Bien, creo que más allá de la diferencia evidente entre ambas generaciones baso mi opinión en la relación actual con mis niñas de treinta. Desde lo que hablamos, negociamos y reflexionamos en infinidad de ocasiones mientras compartimos una copa de vino. En ese momento decido presentarme. Tengo 29 años y estoy escribiendo sobre ello. ¿De verdad? ¿Revista? ¿Blog?, pregunta él. Blog, algo personal, afirmo con cierta ilusión. Y sigo con mi opinión. Puede que algunas busquen un padre  para sus hijos. ¿Cuál es el problema? Además pienso que por otro lado, y sin ánimo de ofender, a ellos les llega un momento que empiezan a buscar una madre que les cuide, más que una pareja. Con esta afirmación se crea un silencio. Tranquilo, un momento de digestión de las propias palabras. Nos miramos con complicidad. Aparecen opiniones sobre lo que queremos cada uno de nosotros, acortando diferencias entre ambos sexos.

¿Cómo se llama el blog?, pregunta con cierto interés. El vals de la mariposa, le contesto orgullosa. En ese momento, mete la mano en el bolsillo de su pantalón y me pregunta si me puede hacer un regalo. Claro, por supuesto. Me encantan los detalles. Del bolsillo saca una mariposa de colores. Es pequeña y está agarrada a una horquilla de pelo. Me cuenta que se la regaló una chica esa misma noche. Que le encantaría poderla usar, pero no está seguro de las reacciones del resto de la gente al verlo con el clip sujetando su pelo… Así que decide regalármela, Carla me la coloca en un lado del flequillo, y le agradezco con una eterna sonrisa ese detalle. Aparentemente era un simple clip. Casualmente era una mariposa.

¿Seguro que era casualidad? Te leeré, sin duda, dijo al despedirse. Será un verdadero y sincero placer.

El vals de la mariposa.