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Cuando me acompaña el duelo…

Duelo. Del verbo doler. Dolores. Duelo. Se parece a vuelo. Pero no es igual. Dolencia. Dolía. Duele. Dolor. Dolió. Y sigue doliendo.

Alguien se va.

Duelo

Y llega el duelo. Se acerca temeroso y me avisa. Viene a quedarse un tiempo. Y no viene solo. Le acompañan el miedo, la rabia y la tristeza. La angustia, la pena, la desesperanza y el vacío. La soledad. Sola. ­

Permanece y se acumula.

De pronto, sin pedir permiso, se sienta a mi lado. Y se apodera de mí. Decido saludarlo, ante todo debo ser educada, creo que ya nos habían presentado.

Me escondo en la cueva. La habito con cierta naturalidad que me provoca sorpresa, no la esperaba. Y me siento en un rincón. Cierro la puerta. Una puerta que sólo puedo abrir por dentro. Sin paño, sin pestillo y sin llave. La dejo ajustada.

No me impide asomar la cabeza de vez en cuando. No me paraliza. No abandono mi camino. Me libera momentáneamente. Y consigue distraerme sin que me sienta culpable. No resta peso, sólo lo sostiene para descargar mi cuerpo. Pero siempre regresa.

Vuelvo a la guarida. Parece que después de cierto tiempo me he acostumbrado a respirar el mismo oxígeno claustrofóbico que mi duelo. Lo compartimos. Nos alimentamos del mismo aire contaminado y cíclico. Se regenera de la misma mierda que suelta.

Me he comprado un sofá para la cueva. Ésto va para largo. Y la tristeza se sienta a mi lado. Nos ponemos cómodas y de vez en cuando, cuándo mis ojos lo piden, me acerca un pañuelo con total generosidad.

Le he puesto un poco de música. Ayuda. La pena se ha vuelto mi compañera, vivimos juntas. Me agradece que no la haya echado de allí. Se queja que a veces, su presencia, me enfada. Pero no le grito. No pretendo hacerle las maletas. Cuando se canse se irá. Y le diré adiós.

Hace un rato me ha dado la mano. La calma se ha unido a nosotras. Ahora somos tres ocupando el mismo asiento, ese sofá del que me siento tan orgullosa. Es de color rojo, está hecho de terciopelo, como los del teatro modernista. Y tiene a la serenidad como respaldo, en ella me apoyo.

Esta mañana me ha preguntado cómo estaba. Le he contestado con cierta brevedad, afirmando que me sentía mejor. Después he preguntado yo. Quería saber si pensaba quedarse varios días más. Pero no ha contestado, creo que no lo sabe. No quiere adelantarme acontecimientos. Dice que, llegado el momento, ya me enteraré.

La vida con mis nuevas inquilinas se ha vuelto una rutina. La acepto y no me escondo de ser tremendamente aburrida y monótona. Así que vamos haciendo, gracias, sois de gran ayuda.

Esta noche viene a cenar el recuerdo. Seremos uno más. Pienso poner un par de velas para presidir la mesa. Estoy preparando varias cajas que tendré que ir abriendo y después cerraré. Algunas están llenas de polvo y tienen la tapa descantillada. Son viejas y las he bajado del altillo. No sabía que aun estaban allí. Hacía tiempo que no las pensaba. Otras son nuevas, las estrenaré esta noche. Las he elegido yo misma. Son de cartón, forradas con papel de periódicos atrasados. Sin tapa, para no ahogar lo que esté dentro. Espero que al recuerdo le parezcan bien, le gusten y me diga que son bonitas. Al fin y al cabo, deberá habitar en ellas algún tiempo.

Tengo la sensación que será esta noche. Cuando el recuerdo empiece a bostezar, mirará el reloj porque creerá que se le ha hecho un poco tarde. La tristeza se levantará de la mesa y recogerá su plato. Lo llevará a la cocina y lo dejará en remojo. La pena se acabará su copa de vino de un trago. Y entre las dos, recogerán al dolor, que se habrá quedado dormido a las diez. Se pondrán sus abrigos, guantes y bufanda, y se irán por la puerta. Mientras, la calma, la serenidad y yo, les diremos adiós con la mano. Yo cerraré la puerta. Descansaré.

Volved cuando queráis, pero tardad en hacerlo. Y antes de que se alejen y desaparezcan del todo, les daré las gracias.

Jimena.

Fotografía de María Chamón

Demasiado cerca

Carmen entró por la puerta del hospital. Tenía ganas que llegara. Esa noche me tocaba guardia y enseguida supe que la habían avisado a ella. Ascensor a la cuarta planta. Neonatos. Llevaba su bata blanca y el pelo recogido. Era una gran doctora.

Demasiado cerca

Aproximadamente las tres de la madrugada. Venía a visitar a una de sus pacientes a la que se le habían complicado los últimos días de embarazo. Saludó a la familia. El personal de la cuarta la respetaba y la quería. Se hacía querer.

Yo también la quería. Y mucho. Se lo demostraba cada día. Flores, cafés, el periódico y un mensaje a su móvil, a media mañana hacían que ella supiera que yo estaba ahí, muy cerca. Después de siete años de relación no era fácil ser siempre tan atento. Pero sabía que a ella le encantaba.

En cuanto salió de la sala de partos la esperaba en la puerta. Le propuse ir a almorzar, yo invitaba. Así tendremos tiempo para hablar y planificar el fin de semana. Aceptó encantada, sólo tenía que recoger sus cosas y nos encontraríamos en la puerta.

Fuimos a la cafetería de siempre. Ella pidió un café solo y una pulga de panecillo rellena de jamón. Para mí, lo mismo. La miraba fascinado en su veloz discurso sobre la maravilla de traer, una vez más, a un pequeño al mundo. Le brillaba la sonrisa. Y a mí me hacía feliz sentirme a su lado. Alguna vez será ella la paciente, y una doctora sacará a nuestro bebé de su vientre. Nada me haría más feliz. Incluso pensaba en nombres, aunque Carmen insistía que eso no era para ella, yo sabía que algún día se ablandaría.

Él se acercó con paso firme. Se fundieron en un abrazo cómplice. Carmen me lo presentó. Un amigo de la universidad, compañero de fatigas canadienses, añadió. Se sentó entre nosotros, y se hizo el dueño de la atención de mi esposa. Nos vemos en casa, cariño.

Esa noche llegó tarde. Me contó que ese tal Peter y ella se habían tenido que poner al día. Que estaba cansada y que se iba a dormir. Su sonrisa la delató. Había bebido. Cariño, no te pongas pesado, me decía.

Café de nuevo, un croissant y el móvil encima de la mesa. Otra vez el maldito Peter, no había tenido suficiente. Carmen notó mi cara de disgusto, no me gustaba un pelo ese tío. ¿Qué quería diez años después?

Me decidí a hablar con ella. Le comenté que me había llamado Marta. Iba a aprovechar mi día libre para irme a comer con ella, tenía que recoger el coche del taller y aprovecharíamos para ponernos al día, también. A Carmen no le gustaba nada Marta. Siempre decía que era una divorciada buscona y que se entrometía en las relaciones de los demás. Supongo que lo decía por lo de su hermano.

Carmen llamó al hospital. Todo bajo normalidad. Decidió cogerse el día libre también. Sería ella la que me acompañara a por el coche. Al fin y al cabo, a Peter no lo veía desde la universidad y aún tardaría unos días en regresar a Canadá. Además, no soportaba que nadie se sentara en el asiento de copiloto de mi coche, estaba ajustado a su medida. Esa era mi chica, la dueña de mis pensamientos.

El día no podía empezar mejor, y mis planes daban resultado. Carmen sería para mí solo, durante toda nuestra jornada otoñal. Fuimos al mecánico, el coche estaba en perfecto estado. Después comimos en uno de los mejores restaurantes de la avenida principal. Bebimos vino, alguna copa de más. Lo mejoramos con un par de copazos en el bar de Joe. Y de ahí, para casa.

Todo iba bien. Nada parecía ser capaz de estropear nuestro momento. Pero algo falló. El maldito Peter de nuevo se presentaba sin avisar en un mensaje a su móvil.

Hablamos de lo que nos pasaba. Asumí que me incomodaba la presencia de amigos del pasado. Ella me entendió, a su manera. Me dio un consejo. Me pidió que la dejara respirar. Reconoció que a menudo sentía la presión de mis muestras de amor como una medida de control. Y me pidió que dejara de enviarle flores. Intentó no gritarme. Sólo me miró asustada. Yo decidí que no la iba a perder por un ataque de celos. Quise frenar mi ira. Me controlé todo lo que pude y la agarré para fundirme con ella. La cogí demasiado fuerte. Creo que fue por estar demasiado cerca, que la ahogué.

Literalmente.

 Jimena

Fotografía de María Chamón

Mi príncipe no es azul

Valientes y azules príncipes pasaron por las páginas de los más profundos sueños de aquellas princesas desdichadas. Algunos fueron utilizados como la única llave para acabar con la pesadilla, otros fueron figurantes en batallas, colocados por decisión ajena, en plena lucha contra dragones y ogros. Todos tenían una espada en la mano, una flor en la solapa y gomina en el pelo. Y en ellos nos fijamos hoy.

Mi príncipe no es azul

Otro de los caminos que se han abierto en la línea del trabajo de relaciones abusivas pasa por reconocer que el mito del príncipe azul no solo implica a las princesas, sino que también requiere la actuación de un príncipe. Son ellos los que están socialmente obligados a cumplir patrones de conducta y a estar a la altura de lo que se espera de un hombre. ¿Qué les pasa, a ellos, si no vienen a caballo? ¿Y si no se atreven a matar al ogro porque le tienen miedo? ¿Y si ni siquiera quieren besarnos?

Algunos se niegan y después se rinden. Otros juegan a ser alguien que no son, por temor a no gustarnos lo suficiente. Los hay que incluso se entrenan con amigos de éxito para evitar aflorar quienes son en realidad. Todos ellos movidos por el miedo al rechazo de la princesa.

Hay algo en todo este asunto que no quiero descuidar. La tradicional pedida para salir o para cenar que, en nuestro manual personal, queda como decisión de él. Algunas aún se sorprenden si les cuento que yo llevo la iniciativa, que si me apetece cenar llamo yo, o si lo único que quiero es jugar, yo doy el primer paso. ¡Prefieren esperar! ¿A qué? me pregunto yo. Les saldrán canas si creen que el hombre de su vida está esperando ahí fuera a que un ángel vestido con pañales logre su habitual diana. Qué manera de perder el tiempo.

Ésto, en nuestro lenguaje, se traduce en reacciones identificativas, patrones de masculinidad que pasan por una demostración de la fuerza, la decisión, la productividad, la iniciativa y la seguridad de actuación.

Yo no quiero que sea azul. Ni siquiera deseo un príncipe. La experiencia nos ha demostrado que la naturalidad en los humanos da sus frutos. No queremos que finjan ser alguien, que ganen más que nosotras, ni que su madre hable maravillas del niño de sus ojos. Los hay que no mandan mensajes, que no gastarían un céntimo en rosas que acaban marchitadas colgadas boca abajo para intentar retenerlas en contra de su voluntad. Conozco a uno que sigue con las legañas puestas a media mañana y otros cuantos que no saben apreciar que el color del jersey, que nos hemos puesto hoy, es idéntico al de la florecita que lleva la falda que lo acompaña. Y lo mejor ¿saben que es? Que no pasa absolutamente nada. Parece increible.

Esos son los de verdad, los que tienen sentido común. Los que son honestos de los pies a la cabeza. Los que salen de casa despeinados, los que lloran, los que dicen la verdad aun a riesgo de ofender, los que no han pisado un gimnasio en años y se quejan de la barriga conseguida a pulso, birra tras birra. Los que nos piden silencio porque la subida en bolsa del precio del níquel parece ser cuestión de vida o muerte, hasta los que defienden la utilidad de un coche de más de doce años al que le cuelga algo más que el cinturón y los que así, de buena mañana, un día cualquiera, prefieren leer el periódico deportivo a una conversación sobre el cambio climático.

Desde este espacio, algo inclinado hacia una versión femenina de nosotras mismas, debo alertar a las damas que nos leen: dudas, miedos, lágrimas, rendiciones, desilusión, apatía. Mares que derivan en decisiones desagradables inundan a los hombres. Los hay poetas del amor y los hay analfabetos del diccionario de las emociones. Cada uno pinta con sus colores, usa sus armas. Y créanme cuando les digo que pocos de los que llevan espadas y galones son príncipes de sangre real. Y si no me creen, me parece lícito. Hagan una cosa, pregunten al que tengan más cerca. Padres, hermanos y amantes.

Afirmo convencida que a ellos les pesa, la losa de los cuentos, tanto como a algunas de las nuestras.

A los hombres de mi vida.

Jimena.

Fotografía de María Chamón

Señora Puta. Llámela de usted, gracias.

Hace unos meses conocí a Antonia. Una puta con un par. De lo que sea, pero tenía un par. Fumaba con desdicha, sus nervios la mataban, y prefería que fuera el tabaco quien acabara con ella. Como titular en un obituario quedaría mucho menos trágico. Si es que alguien se fuera a interesar alguna vez por leer su obituario.

Sra.Puta

Vivía sola, en un pequeño piso de la Barceloneta, algo viejo, pero limpio. Siempre decía que aunque fuera antiguo, si se veía limpio, parecía que estaba mejor. Un primer piso sin ascensor y con la ropa tendida hacia la calle. Un clásico de la zona.

Visitaba de vez en cuando el bar de Lola, y desde la barra, en lo alto de un taburete que le dejaba un pie colgando, controlaba la puerta. No se le escapaba nadie. Pero a nadie le dirigía ni una sola palabra. Seca y suya, Antonia era un personaje que formaba parte del decorado de uno de los barrios más transitados de mi ciudad.

Se había enamorado. Su Jose. Nadie lo conocía. Pero ella llevaba una foto del tipo prisionera en su cartera. Escondida en un bolso de fondo infinito, guardaba como tesoro bajo llave, la imagen de un señor que había robado su humilde corazón de prostituta, si es que le podía pertenecer a alguien. Sólo lo veíamos cuando liberaba su monedero para pagar el café.

Tenía años y le pesaban. Había sido puta desde los 22. Ni elección ni ostias. Se hizo puta y nunca me contó porqué. No me interesaba saberlo. Intuía que los motivos no iban a ser vocacionales ni románticos, así que probablemente fuera un punto de partida en su vida del que había tomado distancia. Y por supuesto no iba a ser yo quien removiera sus decisiones del pasado.

Mientras se encendía un cigarro en la puerta, cruzamos algo más que una mirada. Me repasó de arriba abajo, le devolví la intención y reconocí en ella una mujer detrás de unas medias repletas de bolas, una falda relativamente corta y un abrigo de los que marcaron una época. Acabé atrapada en unos ojos negros, rayados y corridos de pintura del día anterior. Sus arrugas marcaban el ritmo del paso del tiempo, pero las lucía como medallas de una vida llena de batallas ganadas.

Lo cierto es que en aquel momento me preguntó el nombre. Jimena, contesté yo. Encantada de conocerla señora… Me respondió con su nombre de pila, pero enseguida me autorizó a llamarla Antonia. No me devolvió el placer por haberme conocido, pero supe enseguida que le había despertado algo, no sabía exactamente qué.

Como son las putas, que no tienen pelos en la lengua. La tía enseguida me soltó que debía enseñar algo más de mi escote, demasiado recatada hija, me soltó sin que le preguntara. ¿Usted cree?, le contesté estirando la camiseta desde el centro en dirección al ombligo. Cogí aire, aquello se hinchó y mis dos intenciones se colocaron en su sitio con naturalidad.

Sonrió. Y sin que me diera tiempo a reaccionar me preguntó si estaba enamorada. A punto estuve de afirmar, pero tampoco me dejó opción. Intuí entonces que no le interesaba mi testimonio lo más mínimo. Así que me asumí mi papel y me encendí un cigarro.

Yo sí, hija. Empezó así su relato. Me contó lo de su Jose. Entendí que era un señor de su misma edad, viudo y solo. Se habían conocido en algún salón de baile. Supuse que era una manera anticuada de reconocer que iba de vez en cuando a mover el culo y a distraerse a alguna discoteca. No lo conoció en el trabajo. Hubiera sido muy de peli, pensé. Y aquello tenía un poco de todo, menos de película.

Habían salido durante unos meses, besos, copas, salidas de domingo y paseos por la playa. Eran como adolescentes, decía. Aunque no llegaron a vivir juntos. Ella insistía en que no lavaba la mierda de nadie. Que ya era mayor para eso. Además, seguía con su trabajo y hubiera sido difícil de compaginar. La cama era para ella y no la compartía con nadie que no le dejara unos billetes a cambio.

Se resistía a contarme la historia entera. Me detallaba su pasado, sus inicios, pero nada sobre dónde estaba él ahora. Nada sobre el porqué de sus palabras contadas en un tiempo verbal acabado. Yo la miraba, la escuchaba y sonreía. Empezaba a tener curiosidad por saber como compaginaba sus noches de clientes y su nueva pareja. Estaba convencida que tenía capacidad para controlar la situación, a medida que la conversación avanzaba me iba haciendo consciente de quien tenía delante de mí.

Parecía que el tipo sabía desde el principio con quien se acostaba su novia y a cambio de qué. La conoció siendo así y lo aceptó de mala gana. No fue plato de buen gusto, asumía resignada Antonia. Pero no fue eso lo que le hizo enfadar. Mi cara de asombro la alertó. Empezaba a ver un final en aquella excéntrica historia.

En uno de sus eternos paseos de domingo por la tarde, alguien la reconoció. Ellos iban agarrados del brazo, a ella le encantaba aparentar ser la señora de. La pareja que se encaminaba hacia ellos dispuestos a cruzarse, también iba agarrada del brazo. A diferencia de Antonia y Jose, la segunda pareja si que eran señores de. Se saludaron sin detener el paso lento que le pautaban sus piernas. Estaban suficiente cerca como para que ambos escucharan la comidilla de la pareja que acaban de despedir con un educado hasta luego. La señora le preguntó a su marido por Antonia, no acababa de situar esa cara que le resultaba familiar. A lo que él le respondió diciendo que era la puta del primero.

En aquel instante, un Jose fuera de sus casillas y terriblemente irritado se giró bruscamente y llamó su atención. Oiga, caballero, le soltó con voz y gesto firmes. A esta señora, la llama de usted. Es la señora Puta del primero, si no le importa. Y se merece un respeto, concluyó mirando fijamente los a los ojos asombrados de su espontáneo interlocutor.

Cuando acabó de contarme aquello, Antonia bajó la mirada. Sostuvo un pañuelo en su mano derecha y se secó una brillante lágrima que le rozaba la mejilla. Lo devolvió a su bolsillo y se aclaró la voz.

Entonces, continuó con un sentido tono de despedida, ahí, en aquella calle dorada por el sol de una tarde de mayo, empezó el final de nuestra bonita historia de amor. Jose me defendió y yo lo amé porqué exigiera ese respeto hacia mí. Pero entendí, y empecé a asumir, con todo el dolor de mi corazón, que no podía tener a un Jose siempre cerca para exigir que la gente de la calle respetara mi trabajo.

A Antonia la vi por última vez el pasado mes de septiembre. Me saludó. Y le di los buenos días.

Pregunté por ella días más tarde en el bar de Lola. Hacía una semana que la habían visto por allí. Llevaba varias bolsas llenas de ropa. Caminaba a paso lento. Paró un taxi y se subió en él. Al cerrar la puerta desapareció para siempre. De su balcón no colgaba ya la ropa tendida.

Aquel día iba sola. Y no iba del brazo de nadie. Ya no era la señora de.

Era la señora Antonia.

Jimena.

Fotografía de María Chamón

Víctimas de nuestra propia herencia

Resulta evidente que después de la revolución sexual femenina, de la ruptura del amor romántico y del nacimiento de una joven e independiente señorita que se desenvuelve por las calles mostrando una elegante seguridad en sí misma, tenía que llegar la herencia. Una herencia esperada, la consecuencia de tales cambios, que no podría tardar demasiado en dejarse ver.

Víctimas de nuestra herencia II

Pero, ¿qué contiene esa herencia? ¿Quién la lee? Y lo que es más importante ¿quién la recibe? Les aclaro algunas de estas dudas, no se apuren.

Hemos llegado a enamorarnos de ella, una mujer culta, informada, leída y viajada. Plenamente autónoma, independiente y necesitada de amor y espacio a partes iguales. ¿Cómo gestionar eso? Ellas suelen ser las primeras que discuten consigo mismas sobre los límites de la presencia del otro en su día a día, compartir cena y cama es genial. Sin embargo, abrirte una botella de vino, poner los pies encima de la mesa y fumarte un cigarro con tu música de fondo, es uno de los mejores planes en solitario que se han inventado a lo largo de la historia. Para resolverlo se han inventado los días alternos, dónde los planes son conocidos por ambos participantes, y obviamente respetados. En el mejor de los casos, se pueden cruzar cuando el plan de la botella de vino puede ser compartido, y nos damos cuenta que el momento piernas encima de la mesa, gana en calidad al bajar la música y subir el volumen de una buena conversación.

Otro de los puntos de la herencia es el estira y afloja. ¿Hasta dónde estamos dispuestas a aguantar? Está claro, y no necesitamos estudios para corroborarlo, que cada vez aguantamos menos. Yo misma me planteo que, en cuanto aparece la palabra aguantar, la cosa entra en modo peligroso y salta la alarma. No nos gustan las palabras subidas de tono, no nos gusta un reproche, no toleramos un argumento mal construido rebatiendo nuestra afirmación, y no soportamos un mal día. Aunque somos sabias al reconocer, ante quien haga falta, que un mal día lo tiene cualquiera. Y sabias también al asumir que lo que hoy no aguantamos ni por asomo, mañana nos parecerá menos pesado, y con un poco de suerte, en un par de días, hasta le buscamos el chiste.

Pesa la mochila también. No nos olvidemos que tanto cambio de pareja al final lo pagamos, y la huella que se ha creado en nuestro álbum particular, cada vez está más presente. Al dejar una relación nos prometemos, con o sin el testigo de dios, que eso no nos vuelve a pasar. Que lo de tropezar con la misma piedra dos veces, es sólo para ciegos insensatos. Y de alguna manera, vamos creando una lista imaginaria de condiciones que vamos a exigir al siguiente que venga. Siendo el siguiente que venga, una víctima más de nuestra herencia.

Repetir capítulos del pasado no nos apetece y eso está más que condicionado a nuestro día a día, poco podemos decidir. Aparecerán de nuevo problemas de convivencia, discusiones por los cuadros, molestias provocadas por nuestra particular concepción del orden y luchas territoriales por encontrar el descanso. Aparecerán miedos, fantasmas de decisiones que tomamos una vez y no nos gustaría repetir, aunque de sobras sabemos que ahora no nos temblará la mano en algo en lo que no nos tembló anteriormente.

Solución, conclusión o reflexión final en voz alta:

Partamos de cero. Observemos a quien aparezca ante nuestros ojos, valoremos uno a uno, sin olvidar, por supuesto que llevamos una mochila. Eso sí, hagámonos a la idea que el otro también la lleva. El peso de la carga es cosa nuestra.

En cuanto a los límites, creo que es sano dibujarlos en el suelo, imitando las líneas de un campo de fútbol. Apunten un trazo grueso, para que no se borren ni con la más dura tormenta.  De vez en cuando vayan revisándolos, sin perder de vista la mirada en el otro, agárrense a ellos, expongan sin temor cuales son y hasta donde llegan. Muestren al otro su línea de trazo grueso. Que no le coja por sorpresa si, llegado el día que se los salta, usted cierra definitivamente el círculo y el otro queda, por real decreto suyo, fuera de él.

Bienvenidas de nuevo. Siempre vuestra,

Jimena.

Fotografía de María Chamón.