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Astrid y la ensaimada

Ritual antes de la fiebre del sábado noche:

Empiezo con el baño, la exfoliación, la mascarilla y la crema suavizante. Después de secarme, acostumbro a hacerme la cera en el bigotillo (suena más fino que bigote…) y para que no me salga ningún granito me pongo un poco de polvos talco y así van haciendo efecto mientras paso a la siguiente fase. Sigo con la crema de la cara, la crema de los ojos, la crema hidratante para el cuerpo y la crema para los pies. Después doy  paso a las pinzas que siempre encuentran algún pelo perdido que arrancar. Seguidamente toca ponerse el maquillaje, operación digna de doctorado ya que se necesita el tapa-ojeras, la base, el iluminador, la sombra de ojos, el rímel y el colorete. Finalmente queda el secador, otro máster para poder decir que simplemente has tardado dos minutos en peinarte cuando realmente has utilizado el secador, más la plancha y finalmente un toque de cera para ese mechón rebelde que me hace plantear, en más de una ocasión, el rapado al cero.

Total, que luego me queda vestirme y por último sacarme los polvos talco de la cara, ya que, después del rato que llevo, la rojez debería haber desaparecido.

El sábado pasado ocurrió algo terrible. Me dediqué unas dos horas a estar divina de la muerte, pero se me pasó por alto un detalle importante…

Antes de acabar de arreglarme se puso a llover. Así que el ritual se quebró. Me puse a recoger la ropa del tendedero pensando que ya llegaba tarde a la cena mariposil y cuando acabé de recoger toda la ropa cogí el bolso, las llaves y el casco y me fui pitando a la Pepita.

Lo mejor de todo es que pensaba: ¡Esta noche triunfo! ¡Estoy estupenda! Me sentía observada, y eso me hacía sentir bien…

Aparqué corriendo la moto, y entré con paso firme al restaurante. Vi a las maripositas, ya esperándome, y bueno, la excusa saltaba a la vista, así que me dirigí a ellas.

Sólo decir que la primera pregunta de Jimena al verme fue: ¿Qué te acabas de comer una ensaimada?

Después del ridículo máximo sólo pude responder: Sí,  y estaba muy rica.

Cosas que pasan.

Astrid.

365 cities & Vals de la mariposa

365 días al año. 6 ciudades. Una propuesta diaria. Infinidad de rincones por descubrir de la mano de los colaboradores de 365cities, a los que ahora nos sumamos nosotras.

Las mariposas se pasean por su ciudad. De bar en bar, y tiro porqué me toca.

Astrid y Jimena se han propuesto contar donde se reúnen, desvelarnos algunos de sus rincones y escondites preferidos de la ciudad Condal. Propuestas diferentes, un menú, un lugar, un ambiente o simplemente un trato especial del equipo de camareros.

Cuentan que el proceso es largo, que invertir en el “comercio” y el “bebercio” es una ardua tarea que requiere concentración, horas de estudio y atención, análisis detallados para conseguir el maridaje perfecto… Pero sobre todo se requiere un encanto personal que a nuestras mariposillas, sin duda, les sobra.

Tés, cafés, quiches, frutas, vino, cocina take away, bocadillos, gins, bares de amigos, terrazas de desconocidos, y sin duda mucho de tumeloguisas- yomelocomo.

Tomad buena nota de las propuestas del Vals en 365cities. Si acertáis con el día y enfocáis bien la mirada podréis encontraros con alguna de nuestras mariposas. Pero cuidado, no hagáis ruido… En cuanto se intuyen en peligro, abren sus alas y echan a volar.

El Vals de la mariposa

Nos vemos a la vuelta

Nos vamos unos días de vacaciones. Algo fugaz, para recargar pilas, digerir los primeros meses de mariposas bailarinas, y crear nuevas propuestas frescas y divertidas que seguro os van a seguir entreteniendo. 

Creemos que Astrid se va a la montaña, a investigar su lado más rural. Unos días de chirucas y forro polar no le vendrán nada mal. Con un poco de suerte la tendremos sentada frente a la chimenea muy bien acompañada. 

Jimena se va de retiro espiritual. Es más bien un plan de calma, meditación y reflexión. Eso es lo que nos ha contado. Igual os la encontráis en los bares, de cañas, haciendo lo que para ella es un verdadero acto de reflexión. No cuenta a dónde exactamente se retira, así que opciones hay unas cuantas. Aunque lo más seguro es que se acerque al mar para poder acariciar la brisa.

Ya nos contarán a la vuelta…

Nosotras os proponemos que descanséis, aprovechad para dormir como marmotas y para hacer galletas y pringaros de harina hasta arriba.

También podéis leernos. Os proponemos algunos de los artículos que más éxito han tenido Jimena y el Sexo, Mujeres valientes o  el recientemente publicado Astrid y el Kleenex 

¿Os acodáis del primer regalo que recibimos? Lo averiguaréis en Empieza el Vals… 

Si queréis investigar sobre el blog, quienes somos y para que hemos llegado hasta aquí, podéis leer el primer post que publicamos. La foto es muy chula…

Bien, y si además de leer todo esto dejáis vuestros comments, seremos las mariposas más felices de la faz de la tierra. 

Felices días de descanso, 

Besos. 

El Vals

Jimena toma de su propia medicina

Curioso. Ver como el tiempo sitúa a cada uno en su lugar. Tomar de mi propia medicina es un reflejo que me devuelve ese espejo en el que tanto confío.

Sentada en la misma mesa. Compartiendo comida, vino, conversación. Una conversación que se ve interrumpida una y otra vez por ese maldito ruidito que le reclama constantemente.

Un aviso tras otro de su teléfono móvil. El grupo de amigos le pregunta donde está, que hace y lo más divertido, con quién. No me preocupa tanto su respuesta como el perder su mirada. Ver como su atención se concentra en un aparato de unos quince centímetros, plano, de diseño, que maneja con tal rapidez y agilidad que me impide descifrar sus respuestas.

Así que yo era así. ¡Qué horror, dios! ¿Y ahora tengo que pedir disculpas por tantas dispersiones? Es obvio que no era mi intención molestar.

Los nervios me han llevado a llevarle dos copas de ventaja. Como siga a este ritmo saldré del restaurante a cuatro patas. Así que tendré que hacer algo antes de perder mi integridad y mi vergüenza.

Se acabó. No comprendo donde están el resto de personas con las que estoy compartiendo mesa, sin haber invitado. A por ello, Jimena.

Me abalancé sobre su teléfono móvil y se lo arrebaté imitando el comportamiento de una voraz ave que desciende en picado a gran velocidad a prender su presa para llenar su estómago. Se acabó. El móvil está en mi lado del terreno de juego. Ahora falta saber que me dice la mirada del adversario, que esta vez si se va a cruzar con la mía. Temo ese momento. Y es aún peor cuando el cruce de miradas va acompañado de una frase sentenciadora.

-No deberías haber hecho eso, afirma contundente.

Cierto, no lo debería haber hecho. Pero os diré algo más. Al menos conseguí que el nivel de su copa de vino descendiera. ¡Empatados!

Jimena

Astrid y el café

¿Qué quieres que te diga?

Al principio pensé que era una estirada. Cuando entró el primer día me pidió uno de esos cafés desgraciados. Pero no de esos que dices, bueno, se puede soportar.

¡Qué va! Si cuando me lo pidió parecía que me estaba tomando el pelo. Cuando acabó de recitar su parrafada, supe que iba en serio, porque me miró. Me dedicó una media sonrisa falsa de esas que dicen ¿lo has entendido? Y acto seguido, se sentó en una de las últimas mesas.

Pero allí no acaba todo porque cuando le llevé el café me dio un gracias mirando el whats app del iphone, ¡ni alzó la vista la tía!

Yo no es que me considere un tío feo, pero oye, un cruce de miradas al menos. Pero nada, como si fuera un espectro, vamos.

Pues así varios días, hasta que pensé que a la chica lo que le podía pasar es que estuviera mellada. Así que establecí un plan para descubrirlo.

Al día siguiente entró como siempre, sacándose los auriculares para pedirme el “desgraciao”. Yo, que estaba harto de que me soltara el tipo de café que quería en verso, me adelanté y le dije:

 -Qué sí, cansina, café con leche, descafeinado de sobre, en vaso de cristal, muy caliente, sin espuma y con dos de sacarina.

Entonces lo supe. Se me quedó mirando, con los ojos fijos, sin pestañear, dos o tres segundos hasta que se le achinaron los ojos y le salió la gran carcajada.

¡Anda! Pero si no te falta ningún diente, pensé.

Pues sí, estirada y cansina. Pero cuando descubres que eso es sólo fachada, te das cuenta del poder de su sonrisa.

– Me llamo Astrid, añadió.

 

Diego, camarero del Sunset, bar donde desayuna Astrid cada mañana.