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Antes de partir… ¡GRACIAS!

Después de seis meses bailando, revoloteando y jugando con las palabras, nos merecemos un descanso. Han sido seis meses preciosos. Hemos contado con la presencia incondicional de Astrid y Jimena, las dos mujeres valientes, que un buen día brindaron por su idea. Crearon un blog. Decidieron su nombre. Les regalaron un diseño, en ocasiones criticado por lo sobrio de su oscuridad, que aceptaron sorprendidas, mientras su Vals empezaba a marcar los primeros pasos.

Lo llenaron de contenido. Os lo mostraron tal y como ellas han querido, desde la sencillez, la sinceridad, la transparencia, el humor, el cariño… Sabiendo que quedaban expuestas, desnudas ante los lectores, visibles a la par que invisibles. Jamás vimos su rostro, pero se hicieron con un pedacito de algunos de nuestros corazones. Están seguras que han formado parte de muchas rutinas que invirtieron unos minutos en leer sus historias.

Y no solo eso. Muchos de vosotros habéis formado parte del Vals con vuestros comentarios, vuestras miradas, cuando habéis contado en casa lo mucho que entendíais a Astrid cuando nos contó como sufría al dormir sola o lo loca que estaba Jimena. Sí, esa, la que es incapaz de cuidar una planta por un miedo raro a la dependencia.

Nos hemos colado en el móvil de Jimena, en sus cenas regadas con vino y whats app, en su cesta de la compra, en el comedor de su casa. Sabemos qué lleva en el bolso. La hemos visto quejarse, hablar con su madre, despellejar a su muñeca, llorar lágrimas negras, matar mariposas y hacerlas resucitar. Finalmente nos contó como saltaba desde lo alto de una piedra, decidiéndose por uno de los dos lados del río y declarándose culpable. La esperaremos al otro lado del precipicio, por si se ha hecho daño, o algo… Y además, nos encanta que disfrutes del sexo como solo tú sabes hacerlo.

A Astrid la hemos oído desde muy cerquita cuando hablaba con su abuela, sabemos como toma el café por las mañanas, y nos han contado que tiene una sonrisa preciosa. Nos reímos con ella cuando nos contó la trampa de la ensaimada, la vimos mirarse al espejo, incluso nos dejó acompañarla en un viaje muy especial en tren con destino a su pueblecito de verano. Es un lujo tenerte entre nosotras.

Nos hemos reconciliado con los cuentos, sabemos que Blancanieves nos quiere desde la distancia y además nos pide disculpas por la herencia dejada.

Ahora ya podemos decir bien alto que a nosotras, las mariposas, el arroz no se nos va a pasar en la vida.

Nos gusta sentirnos valientes. Conocimos a nuevas mariposas que luchan con sus mejores armas, los pañuelos, para vivir su vida en rosa. Simplemente gracias Rebeca y Ainara por abrirnos una ventanita del mundo por donde entró algo más que luz.

Leemos con ilusión cada uno de vuestros comentarios. Lau, la mami, la siempre atenta señora Pura, Sandruixa y sus polluelos, la sinceridad de Roger, Mónica, Yolanda, Poiet, Dama Bene, Mila, Bernat, Piojito, Jacobo, Tauste y sus fuentes de información, sinera, dos de nuestras chicas N.B, Berta de Allegramag, Lucía, alguien que no sabía que poner, Carolina, Lucky Billy, Maria José, la adorable Chloe, Salvi el capitán, Natalia y un árbol feliz que dejó su huella también por aquí… A todos vosotros os hemos dado las gracias millones de veces. Una vez más, todos a coro: ¡gracias!

A los que nos leéis desde muy lejos, a los que estáis en la calle de enfrente, los que nos animáis desde twitter o Facebook y los que nos leéis desde nuestro propio ordenador y no suma en la cuenta de visitas. A nuestro incondicional panameño y algún berlinés despistado… Nos encanta veros en las estadísticas de cada semana.

A las tres mariposas que desde la distancia nos han ayudado a difundir el blog: @megalar, @sokomprincess y @misskinder. Habéis sido un gran hallazgo, gracias por confiar en nosotras.

A nuestro dealer, @fvendrell y su alter ego, el Virrey Van Drey, te debemos mucho. Has sido nuestra enciclopedia para empezar en esto. Millones de gracias por tener fe en este proyecto.

Y finalmente a nuestras mariposas del “backstage”. Carla y Mariona, las primeras en leernos cada mañana y los ánimos más cercanos y emotivos que hemos tenido. Os queremos entre nosotras en la segunda temporada y en las que vengan después. Necesitamos vuestras tempranas risas matinales.

En total, contando con éste, 30 artículos. En ellos tenemos líneas de pura poesía, de vida, de amor, de rabia, de pena, de esperanza, de confianza. Notas musicales que marcan el ritmo de este vals que no acaba aquí. Paramos un tiempo nuestra vida pública para descansar. Invertiremos en investigación (de nuevas historias) y desarrollo (de nuevos textos).

Y nos vemos a la vuelta. Una vez nos fuimos a Donostia a conocer a la bonita “pinpilinpauxa”. Así que, si amenazamos con volver, es porqué lo vamos a cumplir. Lo hicimos una vez, ¿no?

Desde mi modesta posición de moderadora, guía o acompañante musical, os deseo un verano de esos que molan, de esos que se recuerdan por apoteósicos. Saltad, bailad a ritmo de samba, haced castillos en la arena, jugad con las olas… pero sobretodo, como diría mi madre, dejad que os mueva el aire.

Besos miles,

El Vals de la mariposa.

 Nota a modo de información: Os hemos dejado el link de nuestros artículos en las palabras que tienen otro color. Pasead el ratón por encima y si os apetece, darle un click! 

Próxima parada: mi pueblo de verano

Tren con destino a Tarragona, próxima parada Castelldefels.

Cojo el asiento de la ventana, el que queda a la derecha del vagón, lo tengo controlado, sé que cuando dejemos la Barcelona industrial de la periferia  empezaré a ver la costa de Sitges y ese es el mejor momento del trayecto.

Me dispongo a prepararme escogiendo buena música y estirando las piernas, pero no, una chica se sienta delante de mí.

 -Perdona, ¿puedo?

Su voz suena débil pero dulce. Es morena, con pequitas en la nariz por los efectos del sol, debe tener unos 17 años, camiseta de tirantes, shorts y victorias sin cordones. Por supuesto, gafas de sol marca Rayban. Constitución atlética, de piel dorada y movimientos suaves. Lleva el pelo largo, despeinado y juega a enrollar un mechón mientras contempla como el paisaje se aleja.

Me viene el recuerdo de días de adolescencia, cogiendo el tren hacia el pueblo de veraneo, se podía incluso fumar y el ronroneo del tren era fuerte pero capaz de hipnotizarme, prefería escucharlo a poner música en el walkman tamaño XL. Soñadora, esta es la palabra. El viaje me transportaba hacia el pueblo pero mi mente se deslizaba a películas de adolescente.

Me imagino que estaría pensando esa chica, sería uno de esos veranos inolvidables, de esos que dejan un recuerdo dulce, color de puesta de sol.

Tren con destino a Tarragona, próxima parada Sitges.

Gente nueva sube al tren. Un chico se sienta a mi lado y ya desde un principio las miradas se cruzan. Ella se sonroja y mira por la ventana sabiendo que el reflejo la volverá a delatar. Él decide sacar un cuaderno y un lápiz y se pone a pintar. Escucho un aleteo familiar.

Yo, espectadora de un nuevo serial, veo como va dibujando un rostro, un perfil, y cada trazo me confirma que sí, que es ella.

Tren con destino a Tarragona, próxima parada Torredembarra.

Es mi parada, quedan 15 minutos, el dibujo ya está acabado, ¿tendrá el coraje de dárselo? ¿Se lo quedará para él? Pienso que no me puedo quedar con este final, que tengo un  papel en este capítulo y decido actuar. Me levanto y ¡zas, el cuaderno cae al suelo!

Contemplo el cliché: ella mira el dibujo, lo mira a él, se sonroja de nuevo y dice: ¿soy yo?

Me bajo del tren y al girarme veo que sí, las mariposas alzan el vuelo.

Astrid

Astrid y la ensaimada

Ritual antes de la fiebre del sábado noche:

Empiezo con el baño, la exfoliación, la mascarilla y la crema suavizante. Después de secarme, acostumbro a hacerme la cera en el bigotillo (suena más fino que bigote…) y para que no me salga ningún granito me pongo un poco de polvos talco y así van haciendo efecto mientras paso a la siguiente fase. Sigo con la crema de la cara, la crema de los ojos, la crema hidratante para el cuerpo y la crema para los pies. Después doy  paso a las pinzas que siempre encuentran algún pelo perdido que arrancar. Seguidamente toca ponerse el maquillaje, operación digna de doctorado ya que se necesita el tapa-ojeras, la base, el iluminador, la sombra de ojos, el rímel y el colorete. Finalmente queda el secador, otro máster para poder decir que simplemente has tardado dos minutos en peinarte cuando realmente has utilizado el secador, más la plancha y finalmente un toque de cera para ese mechón rebelde que me hace plantear, en más de una ocasión, el rapado al cero.

Total, que luego me queda vestirme y por último sacarme los polvos talco de la cara, ya que, después del rato que llevo, la rojez debería haber desaparecido.

El sábado pasado ocurrió algo terrible. Me dediqué unas dos horas a estar divina de la muerte, pero se me pasó por alto un detalle importante…

Antes de acabar de arreglarme se puso a llover. Así que el ritual se quebró. Me puse a recoger la ropa del tendedero pensando que ya llegaba tarde a la cena mariposil y cuando acabé de recoger toda la ropa cogí el bolso, las llaves y el casco y me fui pitando a la Pepita.

Lo mejor de todo es que pensaba: ¡Esta noche triunfo! ¡Estoy estupenda! Me sentía observada, y eso me hacía sentir bien…

Aparqué corriendo la moto, y entré con paso firme al restaurante. Vi a las maripositas, ya esperándome, y bueno, la excusa saltaba a la vista, así que me dirigí a ellas.

Sólo decir que la primera pregunta de Jimena al verme fue: ¿Qué te acabas de comer una ensaimada?

Después del ridículo máximo sólo pude responder: Sí,  y estaba muy rica.

Cosas que pasan.

Astrid.

El espejo de mis ojos

No podía dormir, las sábanas se me pegaban al cuerpo y sin que pasara ni una mínima brisa las cortinas parecían de mármol, su ondulación estaba tallada a la perfección. Se respiraba un aire oxidado, espeso y viciado y lo único que tenía claro después de dar mil vueltas sobre mi misma era que necesitaba escapar.

Me levanté de golpe, y sin pensarlo dos veces me puse un chándal y unas bambas, decidida a correr sin rumbo por las calles de la ciudad condal. Era la noche de un martes de verano, pero para mí era la fecha límite respecto a lo que mi conciencia podía aguantar.

Si lo pensaba un segundo sabía que no tenía sentido pero allí me quedé, contemplando mi reflejo al pasar por el espejo del rellano, antes de dejar atrás la puerta y pisar el asfalto que aún olía al  ir y venir de las demás existencias.

Y al mirarme fijamente, observé una chica asustada, a una niña en un cuerpo de mujer que pedía a gritos ser más fuerte, suplicaba valentía y sobretodo reclamaba una mano y no tanto reproche. Sus ojos brillaban de rabia contenida, respiraban la impotencia de su dueña, yo, la reflejada. Y así nos quedamos las dos, reflejo y reflejada en un duelo de miradas y fue entonces cuando esa niña me estremeció porque comprendí que ella era lo más importante, el principio de todo y más y pensé que siempre había sido injusta y cruel con ella.

Me cautivó tanto su ternura que sólo pude pedir disculpas. Y fue entonces cuando una lágrima se asomó, se quedó en el precipicio y finalmente saltó. 

La saboreé para comprender que sí, era mía y por lo tanto, ella era yo. De repente el sabor a sal traspasó mi garganta y la lágrima, convertida en pequeño cristal se instaló en mi estómago para clavarse y así yo comprender cuánto dolor desmerecido había provocado.

Podría decir que fue en ese instante cuando lo comprendí, cuando me volví lágrima y asomada en el precipicio de la indecisión me visitó el valor para saltar.

Astrid

Astrid y la medalla

¿Por qué nos aferramos a un objeto? No deja de ser algo sin vida, sin alma. Pero, hay algo que hace que no lo tiremos, al menos, a mi me pasa. 

No me refiero a llegar a un extremo síndrome de Diógenes, pero, sin ir mas lejos, mi corazón acaba de dar un vuelco al creer que mi medalla de la suerte se había perdido.

¿Y qué sentido tiene esa medalla que no es ni de plata? Pues en su momento no me desprendí de ella porque fue un pequeño detalle de una ancianita, me la regaló cuando la ayudé con las bolsas de la compra. Cuando me la ofreció la acepté por educación pero al llegar a casa no tuve valor para deshacerme de ella, y de esta forma se convirtió en mi amuleto.

Siempre la llevo en el monedero, entre monedas, para que no esté sola, siempre acompañada, aunque no sean de su misma especie.

Pues cuando la quiosquera me ha pedido si lo tenía justo he empezado a escarbar entre el cementerio de céntimos de mi monedero y no me he encontrado con su tacto. Sin pasar un solo segundo mi corazón ha cambiado el ritmo para instalarse en mi sien, y he tirado todas las monedas sobre una de mis manos intentando que en esa cascada de bronce luciera la ansiada pseudo-plata.

Han sido exactamente unos tres segundos pero, por mi mente, han pasado las más descabelladas imágenes, incluso he llegado a pensar que estaría condenada, que una ola de mala suerte se apoderaría de mi existencia y no me desprendería de ella hasta que me fuera a la pitonisa Lola. Ya me estaba imaginando con clapas de pelo y verrugas en los sobacos llegando a la oscura casa de la Lola para que, con medio ojo de rata y cuatro pelos de rana, acabase con la maldición.

Falsa alarma, allí estaba, y con ternura la he mirado y mi corazón, aliviado al fin, la ha saludado.

Sigo preguntándome qué sentido tiene. No deja de ser un objeto… o no.

Astrid