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Te…, te… Te quiero, coño!

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¡Venga va! Dale caña, tú puedes. En el fondo se trata de juntar un par de letras y el resto sale solo. Es como coger carrerilla. Sitúas la lengua debajo de los dientes delanteros superiores y en un golpecito de voz declinando en la letra e, sin darte cuenta, ya tienes un te. Una vez ahí, no frenes, no cierres la boca. Coge aire y échale valor. Ahora que ya tienes la primera parte de la frase, simplemente debes dejar fluir ese hilillo de voz que quiere ser liberado.

Sigo sin entender por qué les resulta tan difícil. Aquí debo incluir hombres y mujeres por igual, creo que en esto nos estamos poniendo las pilas y empezamos a coger el mismo miedo del que ellos presumían.

Preguntando por las calles, me han contado varias versiones para justificar el maldito temor. Una de ellas pasa por la excusa de vincular el compromiso a la palabra prohibida. Un tanto excéntrico bajo mi punto de vista, pero en fin…

Otra versión es algo más romántica. Algo así como reservar la pureza del idioma para momentos claves de nuestra vida. Sólo usaré el te quiero cuando sepa que es la persona. Eso sí amigo (o amiga), mientras tanto, va usted perdiendo ocasiones y sonrisas bonitas por el camino. Que no le pase nada a la persona que tenga el honor de ser su primera. Le explotará tanta represión en la cara y no habrá psicólogo que lo resuelva.

Por último, bajo mi insistencia, casi obsesiva, de investigar la raíz de la especie para hallar respuestas, encontré algo de lo que no había sido demasiado consciente antes: ¡La familia! Ojo, que no es una tontería. ¿Estamos acostumbrados a decir te quiero a nuestros padres y madres? ¿Les decimos a nuestros hijos cuánto les queremos? ¿Les hablamos del amor y sus matices? ¿Somos capaces de despedir una conversación banal con una hermana despidiéndonos con un te quiero? ¿Lo somos?

Encontré a alguien que contó pocos te quiero en la relación con sus padres. Estaba casi convencido que su dificultad de lanzar al aire besos, corazones y te quieros, nacía en el hogar. Desde ese momento se esforzó por vencer su miedo al te quiero. La duda está en si creará su propio hogar bajo los mismos parámetros o será capaz de romper la tradición.

Cierto que me sorprendió. En mi casa no sonaba John Lennon y de hippies hemos tenido más bien poco, pero aun así esas palabras forman parte de mi historia personal. Puedo ser una persona desapegada, lo reconozco, sin embargo hay más de uno y dos te quiero que merodean por mi día a día.

Les propongo algo, hagan un ejercicio. En el día de hoy, pongan el contador en marcha y vayan sumando los te quiero que pronuncien, lean, o simplemente que escuchen a lo largo del día.

Ya me contaréis que pasa… O no, pero disfrútenlos.

Jimena.

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La noche que me quieras…

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“La trato como una princesa. Aquí no le falta de nada”.

Al llegar a casa me puse a investigar.

Ella Mónica. Él, Marcos. 65 años casados.

Buenos Aires. Alzheimer. Vida. Amor. Princesa. Muerte.

Un joven argentino fotografió la relación de sus abuelos desde el momento en el que a ella, a los 84 años, le diagnosticaron la terrible enfermedad.

Marcos dejó de cuidarse a sí mismo para quedar a entera disposición de su amada esposa. Pasó horas, días y meses alimentando, curando y acompañando a Mónica en sus momentos más duros en los que cada vez recordaba menos.

Una simple caricia les conectaba, se comunicaba con ella a través de la mirada. Ella dejó incluso de saber quien era ese señor que restaba permanentemente al lado de su cama. Le hacía su comida, se la daba, incluso era responsable de los momentos de máxima intimidad de su chica. ¿Dónde estará mejor que aquí?, decía.

Plantada delante de una serie de seis imágenes me concentro en leer que significan esas manos, esas arrugas, una facción desgastada por el dolor más que por el paso del tiempo. Y me detengo en una frase: “La trato como una princesa. Aquí no le falta de nada”.

Hasta el último de sus días fue princesa por decisión propia. Y por la de su compañero, pienso.

De nuevo se cruza una princesa en mi vida. Esta vez regada por un tango, “el día que me quieras” que puso melodía a la historia de amor más bella de la que escuché hablar en los últimos tiempos.

Mónica, descanse en paz. Ese día llegó. Se vistió de fiesta con su mejor color. Y gracias a su nieto, algunos pudimos ser esas estrellas celosas que los miramos al pasar, bajo el azul del cielo, con ese rayo misterioso y el nido en su pelo. Algo más que ensueño, mucho más que una noche de amor. Luciérnagas curiosas, que vimos y confirmamos cuál fue su consuelo.

Les invito a ser testigos de esta historia. Alejandro Kirchuk, 1r premio de fotografía en la categoría Vida Cotidiana, World Press Photo 2012, nos lo muestra en su página personal.

http://www.alejandrokirchuk.com.ar/reportaje.php?id=1

Sigan creyendo, ésta podría ser su noche misteriosa.

Jimena.

Y lo dejo pasar…

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Éste no es mi tren. 

Parará en la estación, se esperará para ver si sube alguien más, pero lo dejaré ir. Éste no es para mí. Sé que conduce al mismo destino, pero el trayecto no será casual.

En cuanto asome por la estación, me quedaré a un lado, y observaré atenta el movimiento coreografiado de los actores que participan en este cuadro.

Yo no subo.

El conductor me hará un gesto con su mano.  Adelante Jimena, pasa. Y yo negaré con la cabeza. No es el mío.

Un amable revisor me pedirá el billete, y de nuevo le diré que no es éste mi tren. No hay una butaca para mí.

Correrán a buscarme, sonarán los altavoces de la estación, encenderán las luces para avisarme que está a punto de partir. Y yo no moveré la maleta de mi vera. No daré un paso más. No subo.

Al rato me avisarán con insistencia. El niño me enredará con su mirada, la señora del bastón me pedirá ayuda para subir el escalón, los enamorados me rasgarán el alma con su sentida despedida y tú sacarás tu pañuelo por última vez indicándome que suba, que me guardas un hueco a tu lado.

Y no subo. Ya no. Ese no es mi tren.

Suena el silbato del jefe de estación. Me mira. Se acerca y me investiga con un sutil y descarado movimiento de cabeza. Parece que hasta se enfada al no verme reaccionar. Asiento con la mirada, le doy permiso, puede partir. Yo no subo.

Al fin parpadean las puertas, se acercan escandalosamente la una a la otra y con el mínimo tacto, se cierran para siempre. Ellas no se volverán a abrir para mí.

De nuevo veo esa cabeza inclinada asomarse por la ventana. Su mirada me absorbe. Me da miedo. Pero debo enfrentarme a ella. Se despide de mí. Para siempre. Deja caer el pañuelo. En cuanto se pone en marcha doy un paso al frente. El viento me lo acerca con sigilo. Ese pañuelo fue para mí, una vez fue para mí. Ahora lo recibo distinto. Me arde en la mano. Aun así lo mantengo con el pulso firme. Me sirve para secar la resaca del despido.

 

Un altre per tu…

Jimena. 

Me declaro culpable

¿Seductora? Culpable. 

¿Perdida? Culpable. 

¿Caprichosa? Culpable. 

¿Enamorada? Culpable.

¿Arrepentida? Jamás.

Me declaro culpable y punto. La que has liado, Jimena.

Entre dos aguas. Constantemente caminando entre dos ríos.

Uno tranquilo, me genera paz. Con poco caudal pero navegable. De agua caliente y entorno romántico. Al bañarme en sus aguas siento como envuelve mi cuerpo imitando el calor de la manta y la comodidad del sofá. Responsabilidad. Círculo de confort. Calma. Estabilidad. Constancia. Credibilidad. Firmeza.

El otro rico en fauna, vivo, fuerte, de entorno abrupto y agua helada que acaba en cascada. En sus profundidades también me siento en paz. Me genera dudas, me hace estar alerta. Beber de sus aguas me da sed. Y no lo puedo negar, quiero más. Acecho. Miedo. Temblor. Un escalofrío huye despavorido cuando me acaricia. 

Y ahí, al borde de ese precipicio, en medio de una montaña perdida en el norte de algún recóndito lugar, me encuentro ahora mismo. A punto de saltar al vacío.

Sé que no estoy sola. Qué como yo, cientos de mujeres, divagan a diario sobre si deben saltar o no. Yo salto. Y salto porqué quiero. No porqué deba hacerlo. Porqué me da la gana. Porqué se acabó el juego. Porqué la vida es una. Y hay que arriesgarse por lo que vale la pena.

Así que una vez decidida, con el Rimmel y los tacones puestos, me lanzo al vacío. Sabiendo que la ostia puede ser grande, y segura de mi capacidad de sobrevivir a ese tipo de golpes, me dispongo a avanzar unos pasitos, hasta que los dedos de mis pies acaricien el aire que queda entre la fría piedra y la nada.

Señoras, señores, damas y caballeros… ¡Allá voy!

Siempre vuestra, Jimena. 

Déjame que te cuente

¿Te lo cuento?

¿Te cuento lo que pienso?

Cuéntamelo a mí. No me cuentes penas. Sabes que puedes contar conmigo. Cuéntame un cuento. No me cuentes historias. A mí me lo puedes contar. Cuéntame. Dime que te cuente. Contando, contando, y con el mazo dando.

Pues ahora no quiero. Y no te lo cuento.

Acercas tu oído. Ahora sí quieres oírlo. Y se me escapa. Las palabras huyen despavoridas por mi boca, aprovechando un inusual descuido provocado por la relajación y el clima de confianza, a su vez provocados por los grados de alcohol del vino que me estoy bebiendo.

Y ahí están, desordenadas, revoltosas y juguetonas, mis palabras. Me las tragaría de nuevo pero las muy putas se han aferrado a la mesa, y de ahí no se van a mover. Así que las miro de frente, con mirada desafiante y espero que llegue una ráfaga de viento y se las lleve con él.

Pero como siempre, sucede lo contrario. Ni gota de viento. Se quedan aposentadas y las que me miran desafiantes son ellas. Mejor callo, porqué si sigo hablando acabarán por ser multitud, y tendría al frente un ejército de palabras, armadas hasta las pestañas, con el rifle de asalto apuntándome a la cabeza.

Tic, tac. Está bien, amigas, lo he dicho, os he dado voz y ahora estoy en cueros frente a la persona de la que espero respuesta.

Siento la ausencia del viento y veo como se construye un muro de hormigón entre los dos. Pasa rápido. Sin darme cuenta estoy más cerca de la mesa de al lado que de tí. Una pared majestuosa irrumpe firme entre ambos. Y miro por una disimulada grieta. Te veo. Estás mirando al suelo. No sabes que decir.

¿Sabes qué? Prefiero no oírlo.

 

Jimena.