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Mi príncipe no es azul

Valientes y azules príncipes pasaron por las páginas de los más profundos sueños de aquellas princesas desdichadas. Algunos fueron utilizados como la única llave para acabar con la pesadilla, otros fueron figurantes en batallas, colocados por decisión ajena, en plena lucha contra dragones y ogros. Todos tenían una espada en la mano, una flor en la solapa y gomina en el pelo. Y en ellos nos fijamos hoy.

Mi príncipe no es azul

Otro de los caminos que se han abierto en la línea del trabajo de relaciones abusivas pasa por reconocer que el mito del príncipe azul no solo implica a las princesas, sino que también requiere la actuación de un príncipe. Son ellos los que están socialmente obligados a cumplir patrones de conducta y a estar a la altura de lo que se espera de un hombre. ¿Qué les pasa, a ellos, si no vienen a caballo? ¿Y si no se atreven a matar al ogro porque le tienen miedo? ¿Y si ni siquiera quieren besarnos?

Algunos se niegan y después se rinden. Otros juegan a ser alguien que no son, por temor a no gustarnos lo suficiente. Los hay que incluso se entrenan con amigos de éxito para evitar aflorar quienes son en realidad. Todos ellos movidos por el miedo al rechazo de la princesa.

Hay algo en todo este asunto que no quiero descuidar. La tradicional pedida para salir o para cenar que, en nuestro manual personal, queda como decisión de él. Algunas aún se sorprenden si les cuento que yo llevo la iniciativa, que si me apetece cenar llamo yo, o si lo único que quiero es jugar, yo doy el primer paso. ¡Prefieren esperar! ¿A qué? me pregunto yo. Les saldrán canas si creen que el hombre de su vida está esperando ahí fuera a que un ángel vestido con pañales logre su habitual diana. Qué manera de perder el tiempo.

Ésto, en nuestro lenguaje, se traduce en reacciones identificativas, patrones de masculinidad que pasan por una demostración de la fuerza, la decisión, la productividad, la iniciativa y la seguridad de actuación.

Yo no quiero que sea azul. Ni siquiera deseo un príncipe. La experiencia nos ha demostrado que la naturalidad en los humanos da sus frutos. No queremos que finjan ser alguien, que ganen más que nosotras, ni que su madre hable maravillas del niño de sus ojos. Los hay que no mandan mensajes, que no gastarían un céntimo en rosas que acaban marchitadas colgadas boca abajo para intentar retenerlas en contra de su voluntad. Conozco a uno que sigue con las legañas puestas a media mañana y otros cuantos que no saben apreciar que el color del jersey, que nos hemos puesto hoy, es idéntico al de la florecita que lleva la falda que lo acompaña. Y lo mejor ¿saben que es? Que no pasa absolutamente nada. Parece increible.

Esos son los de verdad, los que tienen sentido común. Los que son honestos de los pies a la cabeza. Los que salen de casa despeinados, los que lloran, los que dicen la verdad aun a riesgo de ofender, los que no han pisado un gimnasio en años y se quejan de la barriga conseguida a pulso, birra tras birra. Los que nos piden silencio porque la subida en bolsa del precio del níquel parece ser cuestión de vida o muerte, hasta los que defienden la utilidad de un coche de más de doce años al que le cuelga algo más que el cinturón y los que así, de buena mañana, un día cualquiera, prefieren leer el periódico deportivo a una conversación sobre el cambio climático.

Desde este espacio, algo inclinado hacia una versión femenina de nosotras mismas, debo alertar a las damas que nos leen: dudas, miedos, lágrimas, rendiciones, desilusión, apatía. Mares que derivan en decisiones desagradables inundan a los hombres. Los hay poetas del amor y los hay analfabetos del diccionario de las emociones. Cada uno pinta con sus colores, usa sus armas. Y créanme cuando les digo que pocos de los que llevan espadas y galones son príncipes de sangre real. Y si no me creen, me parece lícito. Hagan una cosa, pregunten al que tengan más cerca. Padres, hermanos y amantes.

Afirmo convencida que a ellos les pesa, la losa de los cuentos, tanto como a algunas de las nuestras.

A los hombres de mi vida.

Jimena.

Fotografía de María Chamón

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Señora Puta. Llámela de usted, gracias.

Hace unos meses conocí a Antonia. Una puta con un par. De lo que sea, pero tenía un par. Fumaba con desdicha, sus nervios la mataban, y prefería que fuera el tabaco quien acabara con ella. Como titular en un obituario quedaría mucho menos trágico. Si es que alguien se fuera a interesar alguna vez por leer su obituario.

Sra.Puta

Vivía sola, en un pequeño piso de la Barceloneta, algo viejo, pero limpio. Siempre decía que aunque fuera antiguo, si se veía limpio, parecía que estaba mejor. Un primer piso sin ascensor y con la ropa tendida hacia la calle. Un clásico de la zona.

Visitaba de vez en cuando el bar de Lola, y desde la barra, en lo alto de un taburete que le dejaba un pie colgando, controlaba la puerta. No se le escapaba nadie. Pero a nadie le dirigía ni una sola palabra. Seca y suya, Antonia era un personaje que formaba parte del decorado de uno de los barrios más transitados de mi ciudad.

Se había enamorado. Su Jose. Nadie lo conocía. Pero ella llevaba una foto del tipo prisionera en su cartera. Escondida en un bolso de fondo infinito, guardaba como tesoro bajo llave, la imagen de un señor que había robado su humilde corazón de prostituta, si es que le podía pertenecer a alguien. Sólo lo veíamos cuando liberaba su monedero para pagar el café.

Tenía años y le pesaban. Había sido puta desde los 22. Ni elección ni ostias. Se hizo puta y nunca me contó porqué. No me interesaba saberlo. Intuía que los motivos no iban a ser vocacionales ni románticos, así que probablemente fuera un punto de partida en su vida del que había tomado distancia. Y por supuesto no iba a ser yo quien removiera sus decisiones del pasado.

Mientras se encendía un cigarro en la puerta, cruzamos algo más que una mirada. Me repasó de arriba abajo, le devolví la intención y reconocí en ella una mujer detrás de unas medias repletas de bolas, una falda relativamente corta y un abrigo de los que marcaron una época. Acabé atrapada en unos ojos negros, rayados y corridos de pintura del día anterior. Sus arrugas marcaban el ritmo del paso del tiempo, pero las lucía como medallas de una vida llena de batallas ganadas.

Lo cierto es que en aquel momento me preguntó el nombre. Jimena, contesté yo. Encantada de conocerla señora… Me respondió con su nombre de pila, pero enseguida me autorizó a llamarla Antonia. No me devolvió el placer por haberme conocido, pero supe enseguida que le había despertado algo, no sabía exactamente qué.

Como son las putas, que no tienen pelos en la lengua. La tía enseguida me soltó que debía enseñar algo más de mi escote, demasiado recatada hija, me soltó sin que le preguntara. ¿Usted cree?, le contesté estirando la camiseta desde el centro en dirección al ombligo. Cogí aire, aquello se hinchó y mis dos intenciones se colocaron en su sitio con naturalidad.

Sonrió. Y sin que me diera tiempo a reaccionar me preguntó si estaba enamorada. A punto estuve de afirmar, pero tampoco me dejó opción. Intuí entonces que no le interesaba mi testimonio lo más mínimo. Así que me asumí mi papel y me encendí un cigarro.

Yo sí, hija. Empezó así su relato. Me contó lo de su Jose. Entendí que era un señor de su misma edad, viudo y solo. Se habían conocido en algún salón de baile. Supuse que era una manera anticuada de reconocer que iba de vez en cuando a mover el culo y a distraerse a alguna discoteca. No lo conoció en el trabajo. Hubiera sido muy de peli, pensé. Y aquello tenía un poco de todo, menos de película.

Habían salido durante unos meses, besos, copas, salidas de domingo y paseos por la playa. Eran como adolescentes, decía. Aunque no llegaron a vivir juntos. Ella insistía en que no lavaba la mierda de nadie. Que ya era mayor para eso. Además, seguía con su trabajo y hubiera sido difícil de compaginar. La cama era para ella y no la compartía con nadie que no le dejara unos billetes a cambio.

Se resistía a contarme la historia entera. Me detallaba su pasado, sus inicios, pero nada sobre dónde estaba él ahora. Nada sobre el porqué de sus palabras contadas en un tiempo verbal acabado. Yo la miraba, la escuchaba y sonreía. Empezaba a tener curiosidad por saber como compaginaba sus noches de clientes y su nueva pareja. Estaba convencida que tenía capacidad para controlar la situación, a medida que la conversación avanzaba me iba haciendo consciente de quien tenía delante de mí.

Parecía que el tipo sabía desde el principio con quien se acostaba su novia y a cambio de qué. La conoció siendo así y lo aceptó de mala gana. No fue plato de buen gusto, asumía resignada Antonia. Pero no fue eso lo que le hizo enfadar. Mi cara de asombro la alertó. Empezaba a ver un final en aquella excéntrica historia.

En uno de sus eternos paseos de domingo por la tarde, alguien la reconoció. Ellos iban agarrados del brazo, a ella le encantaba aparentar ser la señora de. La pareja que se encaminaba hacia ellos dispuestos a cruzarse, también iba agarrada del brazo. A diferencia de Antonia y Jose, la segunda pareja si que eran señores de. Se saludaron sin detener el paso lento que le pautaban sus piernas. Estaban suficiente cerca como para que ambos escucharan la comidilla de la pareja que acaban de despedir con un educado hasta luego. La señora le preguntó a su marido por Antonia, no acababa de situar esa cara que le resultaba familiar. A lo que él le respondió diciendo que era la puta del primero.

En aquel instante, un Jose fuera de sus casillas y terriblemente irritado se giró bruscamente y llamó su atención. Oiga, caballero, le soltó con voz y gesto firmes. A esta señora, la llama de usted. Es la señora Puta del primero, si no le importa. Y se merece un respeto, concluyó mirando fijamente los a los ojos asombrados de su espontáneo interlocutor.

Cuando acabó de contarme aquello, Antonia bajó la mirada. Sostuvo un pañuelo en su mano derecha y se secó una brillante lágrima que le rozaba la mejilla. Lo devolvió a su bolsillo y se aclaró la voz.

Entonces, continuó con un sentido tono de despedida, ahí, en aquella calle dorada por el sol de una tarde de mayo, empezó el final de nuestra bonita historia de amor. Jose me defendió y yo lo amé porqué exigiera ese respeto hacia mí. Pero entendí, y empecé a asumir, con todo el dolor de mi corazón, que no podía tener a un Jose siempre cerca para exigir que la gente de la calle respetara mi trabajo.

A Antonia la vi por última vez el pasado mes de septiembre. Me saludó. Y le di los buenos días.

Pregunté por ella días más tarde en el bar de Lola. Hacía una semana que la habían visto por allí. Llevaba varias bolsas llenas de ropa. Caminaba a paso lento. Paró un taxi y se subió en él. Al cerrar la puerta desapareció para siempre. De su balcón no colgaba ya la ropa tendida.

Aquel día iba sola. Y no iba del brazo de nadie. Ya no era la señora de.

Era la señora Antonia.

Jimena.

Fotografía de María Chamón

Víctimas de nuestra propia herencia

Resulta evidente que después de la revolución sexual femenina, de la ruptura del amor romántico y del nacimiento de una joven e independiente señorita que se desenvuelve por las calles mostrando una elegante seguridad en sí misma, tenía que llegar la herencia. Una herencia esperada, la consecuencia de tales cambios, que no podría tardar demasiado en dejarse ver.

Víctimas de nuestra herencia II

Pero, ¿qué contiene esa herencia? ¿Quién la lee? Y lo que es más importante ¿quién la recibe? Les aclaro algunas de estas dudas, no se apuren.

Hemos llegado a enamorarnos de ella, una mujer culta, informada, leída y viajada. Plenamente autónoma, independiente y necesitada de amor y espacio a partes iguales. ¿Cómo gestionar eso? Ellas suelen ser las primeras que discuten consigo mismas sobre los límites de la presencia del otro en su día a día, compartir cena y cama es genial. Sin embargo, abrirte una botella de vino, poner los pies encima de la mesa y fumarte un cigarro con tu música de fondo, es uno de los mejores planes en solitario que se han inventado a lo largo de la historia. Para resolverlo se han inventado los días alternos, dónde los planes son conocidos por ambos participantes, y obviamente respetados. En el mejor de los casos, se pueden cruzar cuando el plan de la botella de vino puede ser compartido, y nos damos cuenta que el momento piernas encima de la mesa, gana en calidad al bajar la música y subir el volumen de una buena conversación.

Otro de los puntos de la herencia es el estira y afloja. ¿Hasta dónde estamos dispuestas a aguantar? Está claro, y no necesitamos estudios para corroborarlo, que cada vez aguantamos menos. Yo misma me planteo que, en cuanto aparece la palabra aguantar, la cosa entra en modo peligroso y salta la alarma. No nos gustan las palabras subidas de tono, no nos gusta un reproche, no toleramos un argumento mal construido rebatiendo nuestra afirmación, y no soportamos un mal día. Aunque somos sabias al reconocer, ante quien haga falta, que un mal día lo tiene cualquiera. Y sabias también al asumir que lo que hoy no aguantamos ni por asomo, mañana nos parecerá menos pesado, y con un poco de suerte, en un par de días, hasta le buscamos el chiste.

Pesa la mochila también. No nos olvidemos que tanto cambio de pareja al final lo pagamos, y la huella que se ha creado en nuestro álbum particular, cada vez está más presente. Al dejar una relación nos prometemos, con o sin el testigo de dios, que eso no nos vuelve a pasar. Que lo de tropezar con la misma piedra dos veces, es sólo para ciegos insensatos. Y de alguna manera, vamos creando una lista imaginaria de condiciones que vamos a exigir al siguiente que venga. Siendo el siguiente que venga, una víctima más de nuestra herencia.

Repetir capítulos del pasado no nos apetece y eso está más que condicionado a nuestro día a día, poco podemos decidir. Aparecerán de nuevo problemas de convivencia, discusiones por los cuadros, molestias provocadas por nuestra particular concepción del orden y luchas territoriales por encontrar el descanso. Aparecerán miedos, fantasmas de decisiones que tomamos una vez y no nos gustaría repetir, aunque de sobras sabemos que ahora no nos temblará la mano en algo en lo que no nos tembló anteriormente.

Solución, conclusión o reflexión final en voz alta:

Partamos de cero. Observemos a quien aparezca ante nuestros ojos, valoremos uno a uno, sin olvidar, por supuesto que llevamos una mochila. Eso sí, hagámonos a la idea que el otro también la lleva. El peso de la carga es cosa nuestra.

En cuanto a los límites, creo que es sano dibujarlos en el suelo, imitando las líneas de un campo de fútbol. Apunten un trazo grueso, para que no se borren ni con la más dura tormenta.  De vez en cuando vayan revisándolos, sin perder de vista la mirada en el otro, agárrense a ellos, expongan sin temor cuales son y hasta donde llegan. Muestren al otro su línea de trazo grueso. Que no le coja por sorpresa si, llegado el día que se los salta, usted cierra definitivamente el círculo y el otro queda, por real decreto suyo, fuera de él.

Bienvenidas de nuevo. Siempre vuestra,

Jimena.

Fotografía de María Chamón.

El Ex y sus matices

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Existen varios tipos de ex: los ex de mucho tiempo, los de media distancia, aquellos ex de relaciones cortas que tienes que superar precisamente por su brevedad, los ex de historias que no fueron relación pero tu creías que sí, incluso existen aquellos que dejaron un pequeño motivo por el que tienes que seguir manteniendo relación, al menos telefónica y visitas cada quince días. Hay un ex que me encanta, es el ex rollete que empezaba a ir en serio y te dejó porqué le entró el pánico y quería ir más despacio. Es decir, aquel que te quiere para un polvete pero no como novia y te llama, también cada quince días.

De repente, el día que menos te lo esperas tu ex reaparece en tu vida. Con lo tranquila que yo estaba y lo a gusto que estoy sin saber de él pero espiando su foto de perfil de Facebook de vez en cuando. Y ahí está, tu colega, tu madre o tu amigo de la infancia que te cuenta que se lo ha encontrado en Luz de Gas dándolo todo, o por la calle de detrás de tu casa paseando, o lo que es peor, en el aeropuerto, de casualidad haciendo la cola de Vueling (¡Pero si conmigo no viajaba!).

Primera pregunta: ¿cómo está? Aunque lo único que te importa es si iba acompañado y por supuesto si preguntó por ti. Respuesta: está guapísimo y se ha cambiado el look. Ahora va de “moderno” y ha dejado los zapatos aparcados en el armario. Pues ya era hora… Tú pones una sonrisa que tarda demasiado en salir y por dentro te cagas en la madre que lo parió, que fue tu suegra, eso sí, desde el cariño. Así, claro está, te han pillado. Y lo que aparentemente llevabas con cortesía y dignidad ahora, por culpa de esos segundos de más, se ha convertido en una bomba de diseño que tu colega va a tratar de hacer estallar.

La conversación sigue, y la parte en la que preguntó por ti no llega. Así que empieza a dejar de interesarte el resto. Si hay información jugosa acepto, pero el resto ya me lo sé y me aburre soberanamente. Y llega el momento del: bueno, y poco más… Ya estamos. Se va a saltar lo único por lo que llevo media hora aguantando la chapa. Voy al grano. Decido lanzarme aun a riesgo de quedar como una presuntuosa. Sé que en el fondo también quiere saber de mí y habrá aprovechado. Espero que le hayan contado lo bien y feliz que estoy, las escapadas románticas con mi nuevo chico a la Costa Brava, la cantidad de trabajo que tengo, los viajes programados en un futuro próximo, mis nuevas y delicadas aficiones, o la última vez que salimos de juerga y acabamos a las mil en la terraza de casa con decenas, que digo, cientos de amigos hasta el amanecer.

Ahí va. Oye, y que… ¿Te preguntó por mí?

Se hace el silencio y ves que la cosa pinta mal.

Sigue el silencio. Te cambia la cara y empiezas a pensar que es un capullo. Incluso que ya tiene información por otro lado. Hasta te da tiempo de pensar que si no pregunta es porque aún está resentido.

Pues sí. Me preguntó por ti.

Cambio de cara de nuevo. Y pregunto, confiando en que mi queridísimo amigo habrá hecho un gran papel. ¿Y qué le contaste?

Nada, le dije que todo bien, como siempre. Pocas novedades. Como siempre me dices que no quieres que sepa de ti, y que prefieres que te pregunte a ti… No sé, no te enfades Jimena, además no iba sólo, y no era plan de ponerme a contar las maravillas de su ex, delante de su nueva pareja. ¿No crees?

Jimena

La inestabilidad de la media naranja

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La media naranja no existe. Olvídense.

Harta de leer manifiestos falsofeministas en los que se defiende un amor tradicional, cansino, resultado de una cosecha edulcorada en la que, insisto una vez más, Disney y su descendencia, hicieron mucho daño.

En primer lugar: el príncipe azul no llegará. ¿Podemos dejar de presionar a nuestros chicos exigiéndoles que les corra sangre real por las venas? Hacen lo que pueden, lo hacen lo mejor que saben y algunos de ellos hasta derraman lágrimas y se despiertan a media noche con sudores fríos empujados a un estado emocional del que somos poco conscientes. Bien, igual exagero un poco, pero he sido testigo de ese malestar provocado por el desamor o la ruptura, en la piel “socialmente insensible” del hombre.

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_MG_8753En segundo lugar: No sirve usar a nuestras amigas de psicólogas. ¿No nos damos cuenta que solo alimentan nuestros oídos de tópicos? Me cansé de escuchar el clásico: él se lo pierde, tú vales _MG_8755mucho, es un cabrón si no se da cuenta de cuánto lo has querido. O el tormentoso “no te preocupes, que si te quiere de verdad volverá, sino es que no te quería”. ¡Qué no, carajo!

¿Podemos usar de una vez esa inteligencia de la que nos han dotado, o supuestamente dotado, para pasar por el proceso de duelo? Seamos rompedoras y empecemos por rasgar nuestro discurso de víctimas de las relaciones frustradas.

En tercer lugar: tristeza sí, pero con matices. Nada de recrearse en ese bucle del subsuelo contaminado por Bridget Jones y helados de chocolate. Un ratito basta.

Sigo: ¿Mensajes públicos? Sean sutiles señoritas. No adopten actitudes Obregoniles más propias de mujeres celosas, enfermas y posesivas. La comunidad que les sigue en facebook no hará nada bueno con sus comentarios e indirectas lanzadas para atacar al que ya se sabe que lo está leyendo. Es más, probablemente lo usen en su contra cuando localicen el foco de su verborrea incontenida. Eso sí, obtendrá un numeroso grupo de fans. Aunque sirven de poco en los peores momentos.

Por último, y no menos importante, podríamos empezar a usar términos como relaciones sanas, compatibilidades y necesidades cumplidas por negociación. Una relación finaliza, y no es la única.

A riesgo de quedar como una frívola aclararé que en los últimos años he dejado, he sido dejada y he derramado algo más que lágrimas en sacos de angustia e impaciencia. El insomnio y la ansiedad me han acariciado por las noches. Y puedo decir, con la cabeza bien alta, que superar una relación y resolverla no son conceptos sinónimos.

Asumamos nuestro egoísmo innato, gritemos en medio de la calle que somos seres únicos y aceptemos, de una vez por todas, que con las medias naranjas, lo mejor que se puede hacer, es zumo.

Jimena.

Fotografía María Chamón