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Demasiado cerca

Carmen entró por la puerta del hospital. Tenía ganas que llegara. Esa noche me tocaba guardia y enseguida supe que la habían avisado a ella. Ascensor a la cuarta planta. Neonatos. Llevaba su bata blanca y el pelo recogido. Era una gran doctora.

Demasiado cerca

Aproximadamente las tres de la madrugada. Venía a visitar a una de sus pacientes a la que se le habían complicado los últimos días de embarazo. Saludó a la familia. El personal de la cuarta la respetaba y la quería. Se hacía querer.

Yo también la quería. Y mucho. Se lo demostraba cada día. Flores, cafés, el periódico y un mensaje a su móvil, a media mañana hacían que ella supiera que yo estaba ahí, muy cerca. Después de siete años de relación no era fácil ser siempre tan atento. Pero sabía que a ella le encantaba.

En cuanto salió de la sala de partos la esperaba en la puerta. Le propuse ir a almorzar, yo invitaba. Así tendremos tiempo para hablar y planificar el fin de semana. Aceptó encantada, sólo tenía que recoger sus cosas y nos encontraríamos en la puerta.

Fuimos a la cafetería de siempre. Ella pidió un café solo y una pulga de panecillo rellena de jamón. Para mí, lo mismo. La miraba fascinado en su veloz discurso sobre la maravilla de traer, una vez más, a un pequeño al mundo. Le brillaba la sonrisa. Y a mí me hacía feliz sentirme a su lado. Alguna vez será ella la paciente, y una doctora sacará a nuestro bebé de su vientre. Nada me haría más feliz. Incluso pensaba en nombres, aunque Carmen insistía que eso no era para ella, yo sabía que algún día se ablandaría.

Él se acercó con paso firme. Se fundieron en un abrazo cómplice. Carmen me lo presentó. Un amigo de la universidad, compañero de fatigas canadienses, añadió. Se sentó entre nosotros, y se hizo el dueño de la atención de mi esposa. Nos vemos en casa, cariño.

Esa noche llegó tarde. Me contó que ese tal Peter y ella se habían tenido que poner al día. Que estaba cansada y que se iba a dormir. Su sonrisa la delató. Había bebido. Cariño, no te pongas pesado, me decía.

Café de nuevo, un croissant y el móvil encima de la mesa. Otra vez el maldito Peter, no había tenido suficiente. Carmen notó mi cara de disgusto, no me gustaba un pelo ese tío. ¿Qué quería diez años después?

Me decidí a hablar con ella. Le comenté que me había llamado Marta. Iba a aprovechar mi día libre para irme a comer con ella, tenía que recoger el coche del taller y aprovecharíamos para ponernos al día, también. A Carmen no le gustaba nada Marta. Siempre decía que era una divorciada buscona y que se entrometía en las relaciones de los demás. Supongo que lo decía por lo de su hermano.

Carmen llamó al hospital. Todo bajo normalidad. Decidió cogerse el día libre también. Sería ella la que me acompañara a por el coche. Al fin y al cabo, a Peter no lo veía desde la universidad y aún tardaría unos días en regresar a Canadá. Además, no soportaba que nadie se sentara en el asiento de copiloto de mi coche, estaba ajustado a su medida. Esa era mi chica, la dueña de mis pensamientos.

El día no podía empezar mejor, y mis planes daban resultado. Carmen sería para mí solo, durante toda nuestra jornada otoñal. Fuimos al mecánico, el coche estaba en perfecto estado. Después comimos en uno de los mejores restaurantes de la avenida principal. Bebimos vino, alguna copa de más. Lo mejoramos con un par de copazos en el bar de Joe. Y de ahí, para casa.

Todo iba bien. Nada parecía ser capaz de estropear nuestro momento. Pero algo falló. El maldito Peter de nuevo se presentaba sin avisar en un mensaje a su móvil.

Hablamos de lo que nos pasaba. Asumí que me incomodaba la presencia de amigos del pasado. Ella me entendió, a su manera. Me dio un consejo. Me pidió que la dejara respirar. Reconoció que a menudo sentía la presión de mis muestras de amor como una medida de control. Y me pidió que dejara de enviarle flores. Intentó no gritarme. Sólo me miró asustada. Yo decidí que no la iba a perder por un ataque de celos. Quise frenar mi ira. Me controlé todo lo que pude y la agarré para fundirme con ella. La cogí demasiado fuerte. Creo que fue por estar demasiado cerca, que la ahogué.

Literalmente.

 Jimena

Fotografía de María Chamón
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Tic- tac (part II)

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Recojo la cocina sin dejar ninguna miga de pan, vuelvo a comprobar que haya cerveza en la nevera, el mando del televisor preparado, estiro las fundas del sofá sin dejar ninguna arruga, preparo las zapatillas en la entrada, caliento la cena que he preparado esta mañana en el microondas y la alerta se dispara. Pongo atención y oigo como sube el ascensor.

Me espero y sí, se ha parado en nuestro piso.

Escucho atentamente las pisadas y sí, arrastra los pasos, arrastra los pasos… Por favor, que acabe bien el día, que acabe bien el día, mierda… Que acabe bien el día…

Oigo las llaves que empiezan a bailar y se empotran con la cerradura. Pienso: mierda, no encuentra el agujero para meter la llave, hoy no acabará bien, Paula, hoy no acabará bien…

Céntrate Paula, que no note que estas aterrorizada, céntrate, respira, serénate, todo irá bien, que no note nada extraño…

Se abre la puerta y pienso: tranquila. Respira, pero la boca se me seca, y me cuesta tragar, que no se dé cuenta por favor… ¡No puedo! Hoy toca.

Repasa Paula, ¿se te ha olvidado alguna cosa? ¿he hecho algo mal? ¿se me ha escapado algo?

–       ¡Paula! Coge el paraguas que está chorreando, ¿qué no oyes como llueve? No querrás que entre y lo deje todo hecho una mierda, ¿no? Cuantas veces te he dicho que estés atenta… Esta mujer no sirve ni para lavar platos…

–       Ya voy…

Me doy prisa por coger un trapo de la cocina y corro hacia el rellano para ir a buscar el paraguas. Llego y me esmero por no dejar ninguna gota y llevo el paraguas a la bañera para que se acabe de secar, cuando de repente oigo:

–       ¿Y la cena? ¿No la has preparado?

–       Sí, ya voy…

Corro hacia la cocina, emplato la comida y la llevo a la mesa donde él está esperando, saco la cerveza de la nevera, la dejo delante de su plato, un poco a la derecha y me siento delante suyo, disimulando que me seco las manos que me sudan desde que ha llegado.

–       ¿Y la niña?

–       Ya duerme, estaba muy cansada porque hoy ha hecho piscina.

–       ¿Tú no cenas o qué?

–       Pues…

–       ¿Ya has cenado?

En este momento tengo la sensación de mareo, siento como una especie de vértigo que hace que no pueda decidir qué decirle porque el miedo se apodera de mi cuerpo y me paraliza. ¿Qué le digo? ¿Que ya he cenado? ¿Qué significa “ ya has cenado”?

–       ¿Qué estas sorda o te has vuelto más subnormal de lo que eres?

–       Emmm…

–       ¿Qué no entiende que no me gusta cenar solo?

–       Sí, sí, sí, ahora iba a servirme un plato para mi.

Abro el armario de los platos y rezo para que no vea como me tiembla la mano. Me sirvo, con la mala suerte que me cae un macarrón al suelo y deseo por Dios que no lo haya visto, que pase desapercibido este error pero… Hoy no tengo suerte, yo no valgo una mierda, soy una desgraciada, ¿qué pretendes Paula?

–       ¡Serás imbécil, ni para servir platos sirves, patética!

–       Lo siento de veras, no se volverá a repetir, lo siento, de verdad, de verdad, de verdad…

No llores, Paula, será peor… Pero no tengo fuerzas, es demasiado, y una lágrima que aguantaba como una campeona resbala por la mejilla a la que hoy le tocará recibir…

–       La cerveza no está abierta, ¿qué pretendes?, ¿qué la abra con los dientes?

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¿Cómo he podido ser tan descuidada? ¡Mierda! Mierda, mierda, lo tenía todo planificado, ¿cómo se me ha podido pasar esto? ¿Seré subnormal? Es que soy patética, es verdad…

–       ¡Pero serás inútil! ¡Cómo puede ser que no sirvas ni para abrir una cerveza! ¡Eres retrasada! ¡Sólo sirves para molestar y hacerme enfadar! ¡Me sacas de quicio, zorra!

No, no, no… que se levanta, sí, se levanta, y ya es demasiado tarde, desgraciada, sí, no sirvo para nada, inútil, más que inútil….

–       ¡Eso es lo que das, pena! ¡Guarra! Ven aquí que te enseñaré como se han de hacer las cosas. ¡Ven aquí te digo, ostia! No quieres hacerme caso, ¿es eso? Pues ya te enseñaré yo como has de hacérmelo, mala puta!

Y de lejos oigo a Marina: 1 pingüinito, 2 pingüinitos, 3 pingüinitos…

Texto de Astrid.

Fotografías de Francesca Woodman

Tic- tac (Primera parte)

Estoy esperando el ascensor, cruzo los dedos con fuerza.

Intento pensar que hoy mi hija Marina ha aprendido a tirarse a la piscina solita pero la oscuridad me persigue y me empiezan a temblar las rodillas.

tic tac I

Marina me mira desde su pequeña altura y pienso, Paula, has de ser fuerte, por ella.

Es un pajarito indefenso pero alerta, tan pequeña y ya está atenta a todos los movimientos, los capta al instante con esos ojos de inocencia y pestañas rizadas.

-Ya hemos llegado mamá – me dice saliendo la primera del ascensor

Busco las llaves en el bolso y la boca se me va secando por segundos.

Las encuentro y localizo la cerradura intentando que el temblor de mi mano no haga bailar mucho las llaves. Se me caen al suelo porque el sudor de mis manos es inevitable y sólo pienso: por favor, que pueda dar las dos vueltas, que pueda dar las dos vueltas, mientras aguanto la respiración.

Prueba superada, estamos solas, respiro de nuevo.

Me doy prisa para que todo esté listo, perfecto, sin ningún error. A veces funciona, por favor, que hoy funcione…

– ¡Marina, a la ducha que es tarde!

Me dispongo a ducharla y ella se huele alguna cosa, lo percibe, seguro. Intento disimular pero ella me comenta:

– Mamá, estás triste, ¿qué no te alegras de que ya me tire sola a la piscina? ¡El profesor me ha felicitado delante de todos los compis!

– Pues claro princesa, pero hoy es tarde, ahora rápido a cenar y a dormir.

Marina se queda con la mirada perdida y a mi se me encoge el estómago pero priorizo y pienso: que todo esté perfecto, sin sorpresas, que acabe bien el día…

Me arremango para acabar de aclarar el pelo de la niña sin recordar que el maquillaje del brazo se va de golpe.

– Mamá, ¿ dónde te has hecho este morado?

– No es nada pitufina, ayer me di un golpe abriendo un cajón, no me duele nada mira – y al tocarme para demostrar como finjo, el recuerdo que me aparece en la mente me paraliza un instante, como un rayo antes de la gran tormenta.

– Venga, sal de la ducha y ponte el pijama

Le pongo el pijama de pingüinitos que tanto le gusta y de repente me dice:

– ¿Sabes por qué me gusta tanto este pijama?

– ¿Por qué mi niña?

– Porque cuando no puedo dormir cuento los pingüinitos… hay 15 en cada brazo y 53 en cada pierna.

Aguanto las lágrimas porque la ternura las empuja hacia fuera, como si faltase sólo un dedo para que el vaso se derramara y desbordara toda la tristeza que me acompaña. Me vienen a la cabeza tantos fotogramas, pero pienso: Paula, ahora no, delante de la niña no, protege su inocencia. Y aguanto, tengo práctica, y aguanto.House 3, Providence, Rhode Island, 1975-1976_ - Courtesy George and Betty Woodman_

Vamos hacia la cocina y antes de nada compruebo que hay cerveza en la nevera. Perfecto, sí que hay y me digo: hoy lo conseguiré, hoy acabará bien el día…

Decido hacer una tortilla a la francesa con un poco de pan con tomate para Marina, plato sencillo y rápido para tenerlo todo listo lo más rápido posible.

– ¿Puedo batir yo los huevos mami? – me pregunta Marina con su particular voz de pajarito.

– Claro reina, así yo de mientras preparo el pan con tomate.

Marina empieza su pequeño trabajo de ama de casa y el ruido del tenedor con el plato hace que recuerde que ruidos los mínimos. La semana pasada ya lo provoqué, tendría que haber sabido que ese ruido no le gustaba y yo, tonta, lo seguí haciendo, no le di otra opción. Seré estúpida, lo tendría que haber intuido, el ruido no le gusta, grábatelo en la cabeza. Paula, “el ruido no le gusta”, “el ruido no le gusta”, “el ruido no le gusta”…

– ¡Marina, ya es suficiente! ¡Dame el plato que haré la tortilla!

Pienso por un momento en hacerme una para mí pero a él no le gusta comer sólo, mejor me espero, sí, será mejor, ¿o no?, a lo mejor

Noto que empiezo a perder los nervios, el miedo se arrastra desde la nuca, pasando por la espalda y tengo la sensación de que me asfixio. Intento respirar pero la opresión en el pecho es intensa, demasiado intensa, sssshhhh, tranquila, ya está…. Aguanta, sssshhhh, tranquila….hoy prefiere cenar solo. ¿Me arriesgo? No, mejor me espero, ostras, no sé… ¿Se enfadará? ¡Ah, dios mío!, que no lo tenga en cuenta, que no se le pase por la cabeza.

– ¡Mamá! ¡Qué se quema la tortilla!
Tiro la tortilla cebrada a la basura y miro si queda un poco de jamón dulce en la nevera. Necesito hacer alguna cosa rápida y sencilla, rápida y sencilla…- ¡Ostras! ¡Mierda! ¡Seré inútil!

¡Sí! Hay jamón dulce así que Marina en 15 minutos está lista para ir a dormir. ¡Sí! ¡Hoy el día acabará bien!

– Venga Marina, a lavarse los dientes que ya es hora de ir a la cama.

– No, mamá, quiero ver un poco la televisión contigo, venga… sólo un ratito…

– ¡No, a la cama! Qué es muy tarde.

– Venga mamá, sólo un ratito…

– ¡He dicho que no! Y no lo volveré a repetir. Venga, date prisa.

Tengo la sensación que me estoy atragantando, de no poder tragar al pensar que es cuestión de tiempo que oiga las llaves en la cerradura y siento que el tiempo me persigue como la sombra persigue a la luz cuando va bajando el sol. ¿Perderé el control? Esto no puede ser normal… Paula, está todo perfecto, sí, está todo perfecto, hoy el día acabará bien.

No pasa nada preciosa, sólo estoy un poco nerviosa, ya se me pasará. Marina marcha hacia la habitación y la sigo para acurrucarla.

It must be time for lunch now 1979

Ahora a cerrar los ojitos y a soñar con los angelitos.

– No cierres la luz mami que los pingüinitos tienen miedo a la oscuridad.

– De acuerdo pero cerraré la puerta, ¿vale? Así el calor de la habitación no se escapa y estarás calentita como un terroncito de azúcar.

Le doy un beso en la frente, inspiro de una sola vez el dulce olor de su inocencia.

Aguanto la respiración imaginando que la utilizo como amuleto o como evasión delante del inminente instante.

Escrito por Astrid.

Fotografías de Francesca Woodman.

Mujeres valientes

El caso es que no somos muy amigas de los días internacionales de nada. Aun así es difícil mantenerse al margen de que hoy se conmemora el día de la mujer trabajadora. Supongo que podemos generalizar hacia el día de la mujer, sin más. Trabajemos o no, aunque se aleje del origen revolucionario de la fecha, tenemos un día institucional.

Y como no podía ser de otra manera, los periódicos llenan sus páginas aplaudiendo la labor del género femenino, como tal. Recuerdan sus años de martirio, en los que no teníamos derechos. Y se enorgullecen de la evolución que ha hecho la mujer durante las últimas décadas y de nuestra capacidad de combinar trabajo y familia, un clásico.

La semana pasada se publicaba en el periódico El País, una noticia sobre la necesidad que ha empujado a la mujer a incorporarse al mercado laboral para afrontar esta sonada crisis económica. Bajo mi punto de vista, ya nos estaban quitando mérito. Pero tranquilas, una semana después nos lo devuelven. En nuestro día sabrán reconocer que nos incorporamos al mercado de trabajo por inquietudes, derechos, capacidades… No solo para resolver la economía doméstica.

Una vez hemos hecho referencia al día internacional de la mujer, me llama la atención la noticia publicada ayer en el mismo periódico. Titular: “Las tres españolas más valientes del mundo”. Curiosamente no son ni mi madre, ni la tuya, ni la vecina del quinto. Son tres personalidades de carácter público. Entre ellas la vicepresidenta actual, Soraya Saez de Santamaría, también conocida como la mujer más poderosa de España. Pilar Manjón y Edurne Pasaban son las otras dos mujeres que acompañan a la ministra en esta hazaña.

En el ranking de la revista Newsweek  se reparten los 147 puestos restantes mujeres vinculadas a la política, actrices de renombre, periodistas e incluso una blogger. La periodista que firma la noticia comenta que poco se habla de las mujeres iraquíes, japonesas o sirias.

Quizás deberíamos redefinir el concepto de valentía sobretodo al relacionarlo con la mujer del siglo XXI. Madres, hijas, abuelas, amantes, esposas, viudas, novias, amigas, solteras, separadas, con curvas, sin ellas, rubias, morenas, teñidas. De aquí cerquita, de más allá, atrevidas, vergonzosas, payasas, sobrias, alocadas, tímidas, con arrugas, sin ellas, sencillas, horteras, de 20, de 30, de 40, de 70… Todas ellas habrán realizado un acto de valentía al menos una vez en su vida y no han ocupado jamás una portada.

Valiente es aquella persona que arriesga en su día a día y que, a la vez, reprime sus impulsos por cuidar su identidad. Aquella que decide mirar a la vida de frente, con la cabeza alta. Y se suma la persona que da un paso atrás y coge impulso o carrerilla, según se mire.

Decía una canción de Vetusta Morla que “Ser valiente no es solo cuestión de suerte”. Y decía una amiga nuestra que “la vida es para las valientes”. Así que sean bienvenidas a su vida, mujeres valientes.

El Vals de la Mariposa

Link de la noticia publicada el 7 de marzo de 2012 en el periódico El País:

 http://elpais.com/elpais/2012/03/07/gente/1331121600_605691.html