Astrid y el Kleenex

Mira las nubes, me dijo mi abuela, hoy va a llover.

Contemplé las nubes. Podría pasarme horas describiendo como eran las putas nubes, pero lo puedo resumir con tres adjetivos: negras, densas y egoístas.
Por no dejar al sol presentarse. Perfectamente me podría haber dicho, mira tu corazón princesa, hoy se te rompe.

Y como no podría ser de otra manera, mi abuela siguió con el refranero de posguerra: no se puede tener el corazón abierto, al final te lo parten.

Y seguidamente, siguió cosiendo el dobladillo de mi falda. No se como puedes llevar esto tan corto, me comentó mientras se recolocaba las gafas de cerca.

Me quedé contemplándola un instante. Es paradójico como la ternura se transforma en lágrimas.

Sentada en su sillón con cuatro cojines de más para poder incorporarse fácilmente, fui definiendo sus formas: sus zapatillas de estar por casa de cuadraditos escoceses ensanchados de tantas bolitas anidadas por el tiempo, sus tobillos hinchados que sólo me contaban el tiempo que llevaban aguantándola, sus rodillas anchas debajo de las medias de color carne, el color de la carne estándar, saltándome el interrogante por el color que realmente tendrían. Su falda plisada ensanchada mil veces por el paso de tantas navidades acompañadas de turrones y polvorones, por su camisa de seda blanca, mil veces planchada con tanto amor que parecía comprada ayer y con el clínex asomándose por la manga, siempre atento a la lágrima que podía asomarse.

Y me sacudió una revelación. Lo vi claro. El clínex no servía para recoger las lágrimas que no aguantaban sus párpados por la vejez, claro que no, el clínex era el testigo. Sí, el testigo de un amor secreto, un amor escondido, un amor eternamente olvidado y eternamente querido, el clínex sabía qué corazón rompió el de mi abuela para que nunca más se abriera.

Dejó de coser, lo cogió aún caliente por el palpitar de su pulso y me lo ofreció. Me sequé la lágrima de la ternura y así, ésta reposó con las suyas, al fin.

Astrid

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5 pensamientos en “Astrid y el Kleenex

  1. Ferran Vendrell

    Astrid,
    El de hoy es un relato muy lindo. Te agradezco que hayas publicado estos pensamientos porque por un momento sentí que mi abuela María aun estaba viva. La vi cosiendo en el comedor de casa y con el kleenex en la mano. Efectivamente siempre se le caía una lágrima. Me has dado una pista del porqué.
    Ayer en el ciclo de emprendedores que organizo en mi curso de economía (http://vendrell-herrero.blogspot.com.es/2012/02/ciclo-de-emprendedores-low-cost.html) traje a un emprendedor de éxito (@PatrickPuck). El título de su conferencia era “fuera de la zona de confort”. Básicamente argumentaba que las experiencias más valiosas de su vida se han producido cuando ha salido de su hábitat de seguridad, cuando ha navegado en tempestad, cuando ha trabajado en un país extranjero o cuando ha creado una empresa. No lo dijo pero entiendo que se debería hacer extensible a otras facetas de nuestra vida, como el amor. Tu abuela no debería estar triste si abrió su corazón y salió de su zona de confort. Ahora sabemos que le salió mal pero si no se toman riesgos no se avanza.
    Cuando sea mayor espero conversar con mi niet@ (si es que tengo hij@ que a estas alturas ya tengo dudas) con un kleenex en la mano. Señal que he vivido, señal que he sentido.
    Un beso muy grande y gracias de nuevo por el bonito post de hoy.
    F.

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  2. el vals de la mariposa Autor de la entrada

    Gracias por vuestros comentarios.

    Desde luego, para Astrid, publicar algo tan personal no ha sido fácil. Pero estaba segura que a más de uno le traería buenos recuerdos, y como dice Maria José, una acertada propuesta para cuando sea abuelita ella también.

    Gracias de nuevo por seguirnos.

    Besos del Vals.

    Responder
  3. Alberto Tauste

    Gracias a esos kleenex y a esas tardes con mi abuela empece a comprender,a respetar y amar a las mujeres,su fuerza su coraje el amor incondicional hacia su marido fallecido años reflejado en ese negro luto que jamas se quito…por eso ese Kleenex es universal para tod@s

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